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¿Qué le hace el alcohol a nuestro cuerpo?
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¿Qué le hace el alcohol a nuestro cuerpo?

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Redacción
domingo, 02 de agosto de 2026 · 10:40 a. m. hs · 7 min
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Medimos el alcohol por recipientes: una botella, una copa de vino, un vaso. El organismo, en cambio, recibe gramos de etanol. Esa diferencia explica parte del problema. Una copa puede contener el doble de alcohol que otra aparentemente igual, y una bebida de aspecto suave puede sumar bastante más de lo que creemos.

Además, beber está tan integrado en comidas, celebraciones, reuniones y momentos de descanso que muchas veces no se percibe como consumo de una sustancia psicoactiva.

Está socialmente aceptada y eso marca una dieferencia clave, que lleva a que el alcohol siga siendo la droga más consumida.

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Hablar de sus riesgos no obliga a tratar del mismo modo una copa ocasional y un consumo elevado mantenido durante años. El riesgo aumenta con la cantidad, la frecuencia y la rapidez con la que se bebe, pero no hay una frontera exacta por debajo de la cual el alcohol se vuelva inocuo. Cuanto menos se consume, menor es la exposición y, en general, menor es el daño esperable.

Vino, cerveza, whosky... no hay bebida alcohólica buena ni necesaria. Todas las bebidas alcohólicas contienen etanol, una sustancia tóxica, psicoactiva y capaz de producir dependencia. Cambian la graduación, el tamaño de la ración, el sabor y la forma de beberlas, pero el elemento que causa la mayor parte de los daños es el mismo.

El hígado transforma el etanol en acetaldehído, un compuesto tóxico y cancerígeno, antes de seguir descomponiéndolo. Mientras tanto, el alcohol circula por la sangre y afecta al cerebro, al sistema cardiovascular, al aparato digestivo y a otros tejidos. El organismo puede metabolizarlo, pero no dispone de un método rápido para neutralizar una cantidad elevada.

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Tampoco es una bebida nutricional por contener uva, cereales o plantas aromáticas. El alcohol aporta unas 7 kilocalorías por gramo, a las que pueden sumarse los azúcares de la propia bebida o del refresco con el que se mezcla. Es energía sin un beneficio nutricional que compense sus riesgos.

Cuánto alcohol estamos bebiendo de verdad

En muchos países se utiliza la Unidad de Bebida Estándar o UBE, equivalente a unos 10 gramos de alcohol puro. De forma aproximada, una UBE puede corresponder a:

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Una jarra de cerveza de 250 ml al 5 %.

Una copa pequeña de vino de unos 100 ml al 12,5 %.

Un vasito de destilado de 30 ml al 40 %.

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Estas equivalencias dejan de servir cuando cambian el tamaño o la graduación. Una copa de vino de 200 ml, una cerveza fuerte de medio litro o un trago servido sin medir pueden contener dos o más UBE. Contar vasos sin mirar cuánto cabe en ellos suele infravalorar el consumo real.

También importa cómo se reparten. Beber seis consumiciones a lo largo de una semana no produce el mismo riesgo inmediato que tomarlas en pocas horas.

Se considera consumo intensivo concentrar, en una ocasión de unas cuatro a seis horas, seis UBE o más en hombres y cuatro UBE o más en mujeres. Este patrón eleva con rapidez la alcoholemia y multiplica el peligro de intoxicación, caídas, peleas, relaciones sexuales sin protección y accidentes.

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Qué puede pasar a corto plazo

El alcohol es un depresor del sistema nervioso central. Al principio puede provocar desinhibición y una falsa sensación de seguridad, precisamente cuando ya están empeorando el juicio, la coordinación y el tiempo de reacción.

A medida que aumenta la concentración en sangre pueden aparecer dificultad para hablar, visión alterada, pérdida de equilibrio, náuseas, vómitos, lagunas de memoria, somnolencia y reducción del nivel de conciencia. Comer antes puede retrasar la absorción, pero no impide la intoxicación ni evita el daño.

En la conducción no sirve tomar como referencia la sensación de control. Los efectos pueden aparecer por debajo del límite legal y la única tasa que elimina el riesgo asociado al alcohol es 0,0 g/l.

Café, agua, una ducha fría, ejercicio o dormir un rato no aceleran de forma relevante la eliminación: solo el paso del tiempo permite que el organismo metabolice el alcohol.

Una intoxicación alcohólica puede ser una urgencia

Una persona que no responde, respira muy despacio o de forma irregular, vomita repetidamente, sufre convulsiones, está muy fría o presenta un color azulado necesita atención urgente. Hay que llamar al médico, colocarla de lado si respira y no dejarla sola. No debe provocarse el vómito ni intentar "despejarla" con café o una ducha.

Pero el daño no termina en quien bebe. Parte de las consecuencias del alcohol recaen sobre otras personas. La conducción, los accidentes laborales, la violencia, las agresiones sexuales facilitadas por sustancias y el cuidado inadecuado de menores son algunos ejemplos. También puede afectar a la convivencia, al rendimiento profesional y a la economía familiar mucho antes de que exista una dependencia diagnosticada.

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Durante el embarazo, el alcohol atraviesa la placenta y puede alterar el desarrollo fetal. En adolescentes y adultos jóvenes, un cerebro todavía en maduración es especialmente vulnerable a los episodios intensivos, que además suelen coincidir con una menor percepción del riesgo. Por eso, la prevención no puede reducirse a pedir "responsabilidad" individual mientras el consumo se presenta como una parte obligatoria de cualquier celebración.

Qué problemas puede causar el consumo habitual

La Organización Mundial de la Salud relaciona el alcohol con más de 200 enfermedades, lesiones y trastornos. El riesgo no se limita al hígado ni aparece únicamente cuando existe dependencia.

Las bebidas alcohólicas están clasificadas como cancerígenas para los seres humanos. El consumo aumenta el riesgo de al menos siete tipos de cáncer: boca, faringe, laringe, esófago, hígado, colon y recto, y mama.

El riesgo crece con la cantidad acumulada, pero puede aumentar incluso con consumos bajos. El acetaldehído puede dañar el ADN; también intervienen el estrés oxidativo, las alteraciones hormonales y los cambios en el metabolismo de nutrientes como el folato. Cuando alcohol y tabaco se combinan, el peligro para la boca, la garganta y el esófago aumenta todavía más.

Reducir o abandonar el consumo no es inútil aunque se haya bebido durante años. La evidencia disponible indica que dejar de beber reduce el riesgo de algunos cánceres relacionados con el alcohol, y el beneficio aumenta con el tiempo de abstinencia.

Hígado, páncreas y aparato digestivo

El hígado soporta buena parte del metabolismo del alcohol. El consumo continuado puede favorecer hígado graso, inflamación, hepatitis alcohólica, fibrosis y cirrosis. El daño puede avanzar sin síntomas claros durante bastante tiempo, de modo que sentirse bien no garantiza que el hígado esté intacto.

El alcohol también se relaciona con pancreatitis aguda y crónica, irritación del estómago, reflujo y alteraciones en la absorción o utilización de algunos nutrientes. En consumos elevados y prolongados pueden aparecer déficits nutricionales aunque la dieta parezca suficiente.

Corazón y circulación

La antigua idea de que una copa de vino protege el corazón procede, en buena parte, de estudios observacionales difíciles de interpretar. Las personas que bebían poco podían diferenciarse de las abstemias en dieta, ejercicio, ingresos, acceso sanitario o enfermedades previas.

El consumo de alcohol puede aumentar la presión arterial, favorecer arritmias como la fibrilación auricular, debilitar el músculo cardiaco y elevar el riesgo de ictus. Por eso, no se recomienda empezar a beber para prevenir enfermedades cardiovasculares. Los polifenoles del vino también se encuentran en uvas, frutos rojos, cacao, frutos secos y otros alimentos sin necesidad de añadir etanol.

Cerebro, sueño y salud mental

Aunque una copa pueda facilitar la somnolencia inicial, el alcohol tiende a fragmentar el sueño y empeorar su calidad durante la noche. Dormir peor puede reforzar el cansancio, la irritabilidad y la tentación de volver a beber para relajarse, creando un círculo poco útil.

También puede agravar la ansiedad y la depresión, aumentar la impulsividad y deteriorar la memoria y otras funciones cognitivas cuando el consumo es elevado o prolongado. Beber para manejar el estrés, la tristeza o la inseguridad social ofrece un alivio corto que puede empeorar el problema de fondo.

Tolerancia, dependencia y pérdida de control

La dependencia no aparece de un día para otro. Puede empezar con tolerancia, es decir, con la necesidad de beber más para notar el mismo efecto. Después pueden surgir deseo intenso, dificultad para parar, consumo pese a sus consecuencias y síntomas de abstinencia al reducirlo.

No hace falta beber desde primera hora ni llegar a una situación extrema para tener un trastorno por consumo de alcohol. El problema se valora por el control perdido, el daño causado y el espacio que la bebida ocupa en la vida cotidiana.

Hablar de moderación no es suficiente. La recomendación es cero alcohol, porque el cuerpo no lo necesita.

El alcohol ocupa un lugar normalizado en nuestra cultura, pero esa normalidad no modifica lo que hace el etanol en el organismo.

El mejor consejo que se puede dar a quien se quiere, es simplemente que no beba.

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