
La Fiesta de la Virgen del Milagro moviliza Salta: "Llegar parece imposible, pero Dios lo hace posible"
La capital de Salta recibió más de 100.000 visitantes que se acercaron en procesión a pedir o a agradecer al Señor y a la Virgen del Milagro.
A más de 3.000 metros de altura, donde el aire falta y el frío quema, miles de hombres y mujeres iniciaron una caminata interminable hacia la capital de Salta. Con los pies destruidos, la boca amarga de coca y promesas a cuestas, la marea humana de la Puna y de los valles desemboca ante la Catedral para renovar un pacto secular con el Señor y con la Virgen del Milagro. No caminaron por deporte, sino porque en septiembre la tierra tiembla en el recuerdo y hay un pacto que no se puede romper.
La historia dirá que todo empezó en 1692, cuando la ciudad de Esteco se desmoronó bajo el suelo y las réplicas amenazaron con sepultar Salta. Dirá que una imagen de madera, enviada un siglo antes desde España por un obispo y olvidada en una nave al fondo del templo, apareció de pie, incorrupta y con una Virgen a los pies del Cristo, suplicando misericordia. Dirá que sacaron a ese Cristo a la calle y el suelo, súbitamente, dejó de rugir. Desde entonces, cada septiembre se renueva un juramento que tiene tono de sentencia: Tú eres nuestro Señor, nosotros tu pueblo.
Ayer más de 100.000 personas de Catamarca, Tucumán, Jujuy, Santiago del Estero y Misiones colmaron la capital de Salta. Pero la marea más feroz baja por la ruta 51: 17.000 llegan de la Puna.
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Para entender la distancia no hay que mirar un mapa, sino las plantas de los pies. Los que salieron de Tolar Grande y Mina Pirquitas llevan casi una semana andando. Más de 350 kilómetros por el Abra del Acay y el Abra de Chorrillos, donde la madrugada se mide en grados bajo cero y la noche castiga con la crueldad del desierto.
Es un ejército heterogéneo. Vienen los mineros, hombres de cuero curtido que no se quitan los cascos amarillos ni los anteojos oscuros con los que se defienden del viento de la quebrada; llevan la cara marcada por el hollín del trabajo y el sol, y la boca deformada por el acullico, ese bolo de hojas de coca que amortigua el hambre, el cansancio y el dolor. Vienen los gauchos del Valle de Lerma, erguidos sobre el lomo de sus caballos, con ponchos rojos como sangre seca y bombachas pulcras. Vienen los grupos de sikuris, envueltos en aguayos de lana violenta y abrigos pesados, coronados con sombreros de plumas de suri.
Tiene 86 años, la estatura pequeña de las mujeres del altiplano y los ojos del color exacto de la Puna. Se llama Damiana Luzco. Nació en Tolar Grande y lleva más de un cuarto de siglo haciendo el mismo trayecto de a pie: 300 kilómetros de piedra, sal y sol de montaña. Encabeza la columna de la Puna. Sus piernas, curtidas por décadas de ladera, avanzan con la precisión matemática de quien ya no responde al cansancio, sino a una fuerza superior. En los últimos 500 metros, Damiana se repliega hacia adentro. Ajusta el paso y clava la vista en las baldosas.
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En la mano derecha aprisiona una cruz de madera tosca y un rosario cuyos granos de plástico han perdido el color original por el roce de sus dedos acumulado durante décadas. Damiana no mira a la multitud que la rodea, no oye los aplausos que estallan a su paso ni se detiene en los pañuelos blancos que flamean en el aire. Mira hacia lo alto, donde la fachada rosada del templo corta el cielo. "Gracias, Señor del Milagro; un año más", murmura con el hilo de voz que le queda tras seis días de marcha.
A un lado del avance, el Padre Walter observa la columna humana abrirse paso en el corazón árido de la Quebrada del Toro. "Es impresionante. Llegar parece imposible, pero Dios lo hace posible. Caminar a la Catedral no está en la cabeza: la fe viene por otro lado", dice.
Cuando la Catedral queda a menos de 100 metros, el cansancio sufre una metamorfosis: el dolor muscular no desaparece, pero se anestesia bajo el impacto de la emoción. Las caras curtidas por el sol se ablandan y los ojos se empiezan a humedecer. A una cuadra del acceso principal, el flujo de transeúntes se vuelve un filtro apretado. Allí avanza Mario, un gaucho del Valle de Lerma que viste con orgullo el poncho rojo de la tradición güemesiana. "Llegué, ¿qué más puedo pedir?", dice, y se quiebra. "Hace un año me descubrieron un cáncer. Le recé mucho a la Virgen del Milagro y hoy el cáncer ya no está. Vengo a agradecer", agrega.
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Mañana las campanas callarán, el centro recuperará el ritmo indolente de los días comunes y cada uno emprenderá el regreso. Pero hoy las imágenes sagradas ganarán la calle y cientos de miles de hombros, de pies rotos y de rostros cansados renovarán el viejo pacto de fe.
Eran tres hombres atravesando los Valles Calchaquíes de a pie, desde Tafí del Valle, rumiando en silencio el peso de las cosas urgentes: la salud maltrecha de una madre, el pan que falta, la necesidad rabiosa de hallar un trabajo. Armando Mamaní, Jorge Díaz y Walter Costilla caminaban porque la vida los tenía acorralados y el único escape era avanzar. Salieron un sábado antes de que despuntara el alba. La primera tregua llegó en Colalao del Valle, donde unos desconocidos les ofrecieron techo y una manta. Al día siguiente, en Tolombón una mujer les dio agua fresca, frutas y mate cocido. Y antes de que reanudaran la marcha, les prometió refugio en Cafayate. Llegaron allí a la medianoche, con las piernas rígidas por el esfuerzo.
El lunes partieron a las 9, y caminaron durante 16 horas bajo un cielo impiadoso. El viento traía un látigo continuo de arena fina que les dejaba un crujido mineral entre los dientes. Arribaron a la 1 del martes, tiritando, para volver a salir a las 5. A las 16, deshechos por el sol y la fatiga, se cruzaron con una tropilla de jinetes que marchaba hacia el mismo destino. A las 22 enfilaron hacia Animaná; a las 5 cayeron al suelo, extasiados. Descansaron tres horas. A las 8.30 volvieron a andar.
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En La Viñita, la marcha despiadada empezó a morder los huesos. A uno se le inflamó la rodilla; a otro le apareció un dolor punzante y sordo en la canilla. "Estábamos jodidos", contó a LA GACETA. Aminoraron la marcha, avanzando a tranco corto para no quedar tirados.
El tramo final no fue una marcha triunfante, sino una resistencia física llevada al límite. Avanzaban tres horas, se tiraban sobre la tierra seca a dormir 10 minutos, y se ponían de pie antes de que los músculos se enfriaran del todo. El sábado, a las 2.30 llegaron a la Catedral de Salta. No había cámaras ni aplausos. Solo el piso de mármol frío bajo los pies destrozados, la penumbra del templo y la certidumbre sorda de haber peleado su propia batalla.
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