
La Copa del Mundo ya está en marcha, pero Tucumán se prepara a su propio ritmo
Tras la gloria en Qatar, la fiebre mundialista parece haber cedido ante la rutina. Crónica de una ciudad que, entre la siesta y la desidia, aguarda su propio tiempo para despertar.
Vamos a ser sinceros. Se levantó el telón de la Copa del Mundo, pero acá, en Tucumán, todavía no se siente el espíritu mundialista. Son las cuatro de la tarde de un jueves con un cielo que se abre tímido y la ciudad por estas horas mantiene su pausa de siesta, ignorando por completo que en México se está jugando el partido inicial del certamen. A eso hay que sumarle que el humor en la calle no es el mejor; se nota en el gesto de los que caminan; en la mirada de quien arrastra el cansancio de una semana larga y prefiere no pensar en nada más que en llegar a fin de mes. Por ahora, lejos está ese caos que uno imagina para un estreno de tal magnitud. La gente, al parecer, sigue en la suya esquivando cualquier señal de fútbol.
Si uno se queda parado en diferentes esquinas de la ciudad, lo que observa es la vida común de siempre. Se ven muy pocas camisetas y el color que debería inundar la capital simplemente está a un 10%. Esta ausencia no es solo una percepción, sino una realidad palpable para quienes viven del fervor mundialista. Oscar Silman, vendedor ambulante, confirma desde su puesto que el movimiento está "muy flojo" comparado con otros certámenes. "La gente se ajusta para llegar a fin de mes, la situación no da para comprar una camiseta como antes", le dice a este diario. Y si bien reconoce que todavía no se vende mucho, él mantiene la esperanza intacta. "Esto va a cambiar cuando juegue Argentina. Si ganamos el primer partido y entramos en ritmo, esto va a explotar", agrega.
Resulta curioso que el fervor parezca ausente. Cuesta entender este silencio cuando uno hace memoria y se acuerda de cómo eran los días previos y el arranque de los mundiales hace unos años. Había una mística distinta en el aire, una forma de vivir el mes entero como si el trabajo o el estudio fueran apenas un trámite molesto.
Antes se decoraban las aulas de las escuelas, se apostaba el asado del domingo y el barrio se pintaba de celeste y blanco con diferentes banderas. Hoy, ese ritual parece haber quedado enterrado bajo una capa de pragmatismo digital donde todo se vive de otra manera. La mayoría de los consultados por LA GACETA afirman que la ansiedad recién se va a activar el próximo martes, cuando la Selección argentina debute a las nueve de la noche ante Argelia. Sería la respuesta más lógica. Pero por estas horas es todo lo contrario.
Ese hambre de gloria, que tanto nos caracteriza, está en modo pausa, tal vez esperando el momento exacto. Después de todo, la nueva camada de hinchas tucumanos ya vivió lo más grande en Qatar 2022 y esa satisfacción de ser los últimos campeones del mundo parece haber cambiado la forma en que consumimos la espera.
¿Caímos en una especie de zona de confort?
El "ya estoy hecho" flota en el ambiente. Hay quienes sienten que después de tocar el cielo con las manos, la ansiedad por repetir la hazaña se transformó en algo más calmo y menos urgente. Da la sensación de que el hincha se recostó en los laureles, como si el cuerpo ya no estuviera para más promesas desesperadas.
Ese sentimiento de satisfacción compartida se respira en la calle; sin ir más lejos, Franco y Karen, una pareja que observa el panorama desde un bar, coinciden en que el fervor simplemente no es el mismo. "La gente está más pendiente de lo que Lionel Messi significa por el último mundial que del título en sí mismo", comentan. Para ellos, es como si la alegría de Qatar hubiera dejado al hincha en un estado de relax. "Ya no se vive con la misma intensidad porque la vara quedó muy alta", agregan.
El reloj marca las 17. Pasó una hora del arranque del partido inaugural y en las pocas pantallas que uno llega a divisar desde la vereda, el encuentro de México y Sudáfrica corre casi en silencio, como si fuera un programa más de la tarde. Las personas que están adentro o los que pasan por al lado, ni siquiera levantan la vista; siguen con su paso firme, como si el Mundial fuera algo que ocurre en otro planeta.
Pero también sabemos que el espíritu mundialista no brilla por su ausencia; simplemente está haciendo tiempo hasta que la siesta afloje y la calle despierte. Es que en Tucumán tenemos una forma propia de resistir las presiones externas. Aquí el tiempo se mide de otra manera, en sorbos de mate y en un silencio que se niega a ser interrumpido por las sirenas de un torneo que recién empieza.
Sí, la ciudad está ahí, agazapada, esperando el momento justo para romper ese letargo y sumarse a la fiesta, pero bajo sus propias condiciones y sin apurarse ni un segundo. Entonces, la pregunta flota en el aire: ¿cuándo se teñirá la provincia de celeste y blanco? ¿Cuándo cambiará el murmullo de la calle a modo mundialista?
Parece que necesitamos que el fixture se vuelva protagonista. Es muy probable que ese momento llegue el lunes, en la previa, cuando la provincia comience a sentir esa electricidad pesada que solo precede a un debut, o tal vez tengamos que esperar hasta el martes, día del partido, cuando los bares y las casas se llenen para vivir, por fin, el rito sagrado de ver a la Selección.
Son las 17.45. Quedan menos de cinco minutos para que finalice el primer partido de la Copa del Mundo. México gana 2 a 0, pero muchas personas están haciendo ejercicios en el parque Avellaneda. Uno de ellos es Adrián Ynsinga, quien coincide en que la actitud es distinta a la de otros Mundiales.
"Pasa que este torneo se siente más largo, hay más selecciones y la gente, por ahora, está esperando que arranquen los partidos de los grandes o directamente el de Argentina", explica mientras reconoce que, aunque la ilusión de ganar de nuevo está intacta, el clima general es de una tranquilidad inédita.
La conclusión que dan muchos es que el Mundial aún no ha comenzado realmente; es solo un trámite que espera el pitazo inicial de nuestra Selección para transformarse en fiesta. Ese será el instante en que el clima mundialista, hoy dormido bajo la siesta, terminará de explotar. Mientras tanto, Tucumán sigue su curso y se resiste a entregarse al entusiasmo ajeno, prefiriendo guardar el fervor bajo llave.
El martes llegará el momento de dejar de ser espectadores distantes para volver a ser protagonistas. Por ahora, solo queda caminar estas calles como un día más, aguantar la espera y tener la certeza de que, tarde o temprano, la fiebre mundialista nos va a encontrar a todos aunque hoy parezca que estamos a 6.300 kilómetros de distancia.
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