"El que sufre es él": el reclamo de una mamá de un niño con TDAH ante la ausencia del padre
Una madre cría sola a su hijo de 8 años con TDAH y reclama que la justicia atienda el daño emocional que le genera la ausencia intermitente del padre
Maternidad sola y diagnóstico complejo
Soledad cría sola a su hijo de 8 años con TDAH, trastorno del lenguaje y obesidad mórbida. Tras un juicio de alimentos, pide que la justicia también atienda el impacto emocional que la ausencia intermitente del padre genera en el niño
Soledad —nombre de resguardo para proteger la identidad del menor— tiene un hijo de 8 años con TDAH, trastorno del lenguaje, obesidad mórbida e inflamación en la glándula hipófisis. Desde el nacimiento del niño se hizo cargo sola de su crianza, su medicación, sus terapias y sus internaciones. El padre del menor recién apareció en escena de manera más formal tras un juicio que se concretó en abril de este año, pero el acuerdo alcanzado no se está cumpliendo en los hechos.
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El fallo estableció visitas del progenitor dos veces por semana más fines de semana de por medio, sin pernocte. Sin embargo, según relata Soledad, la participación del padre es errática: aparece unos días y luego desaparece semanas enteras. El mes de julio es el ejemplo más reciente: el hombre no se presentó en todo el mes y en esas semanas el niño, según ella misma y los docentes de la escuela, estuvo notablemente más tranquilo, sin episodios de agresividad ni autolesiones.
El diagnóstico de TDAH implica que el niño necesita rutinas estables. Soledad explica que cada vez que el padre reaparece de forma abrupta, el pequeño reacciona con agresividad hacia ella, hacia su hermanita de un año y hacia sí mismo. "La última vez que se golpeó la cabeza se le fueron los ojitos para atrás y tuvimos que llevarlo por guardia", describió. El padre nunca presenció estos episodios porque, según la madre, nunca estuvo presente en los momentos críticos.


Cuando Soledad llevó su preocupación a la Defensoría, la respuesta fue que no podía negarle el contacto al progenitor. "Me dijeron que él podía aparecer cuando se le diera la gana y yo no se lo podía negar", resumió. Lo que ella pide no es un impedimento de contacto sino un compromiso de regularidad: que el padre entienda el diagnóstico de su hijo y sostenga una presencia constante, o que al menos lo visite en el domicilio materno hasta que el niño pueda expresar verbalmente lo que siente.
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En lo económico, la situación es igualmente precaria. El progenitor transfirió por primera vez en el mes de julio la cuota alimentaria, pero por un monto menor al acordado. Soledad paga de su bolsillo un acompañante terapéutico particular, pañales cada dos días —que cuestan 16.000 pesos—, medicación mensual, calzado que se deteriora por la pisada forzada del niño y la merienda escolar, ya que el padre no se hace cargo de ese gasto en los días que le corresponden. El niño tiene cobertura de obra social por parte del padre, pero este nunca tramitó el alta, por lo que se atiende en el sistema público.
Soledad es técnica en acompañamiento terapéutico y actualmente cursa una carrera que le permitiría tomar turnos nocturnos para compatibilizar el trabajo con el cuidado de sus hijos. Afirma que ningún empleo tolera las ausencias que demanda acompañar a un niño con las condiciones de su hijo: guardias, cambios de pañal, crisis. Ella misma tiene problemas cardíacos que no puede atender con regularidad porque prioriza la medicación del niño sobre la propia.
El testimonio de Soledad pone en evidencia un vacío frecuente en los procesos judiciales de familia: la homologación de acuerdos económicos no garantiza el bienestar emocional del niño. La justicia puede intimar a una madre que obstruya el contacto, pero no puede obligar a un padre a sostener una presencia afectiva real. Para los niños con diagnósticos como el TDAH, esa intermitencia no es neutra: es, según los propios docentes y el historial clínico del menor, un factor que dispara las crisis. Soledad pide que eso también sea tenido en cuenta.
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