
Crece la preocupación por la Amazonía: el impacto de El Niño podría agravar la crisis climática
Las altas temperaturas y las sequías extremas reducen la capacidad de la Amazonía para almacenar carbono y aumentan el riesgo de incendios forestales.
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Las altas temperaturas y las sequías extremas reducen la capacidad de la Amazonía para almacenar carbono y aumentan el riesgo de incendios forestales.
Advierten que el Amazonas podría pasar de capturar a emitir carbono durante episodios extremos de El Niño.
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Una nueva advertencia encendió las alarmas sobre el futuro de la Amazonía: durante los episodios más intensos del fenómeno El Niño, la selva podría dejar de absorber dióxido de carbono y comenzar a liberarlo a la atmósfera. De confirmarse este comportamiento, quedaría comprometido el papel fundamental que desempeña el mayor bosque tropical del mundo en la regulación del clima global.
Reconocida como el principal reservorio natural de carbono del planeta, la Amazonía conserva alrededor de 123.000 millones de toneladas de este elemento.
Esa enorme capacidad de almacenamiento resulta clave para amortiguar los efectos del calentamiento global. Sin embargo, de acuerdo con un análisis publicado en The Conversation por Amy Bennett, investigadora de la Universidad de Leeds, los episodios de El Niño modifican ese frágil balance ecológico.
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"Durante un El Niño, los bosques tropicales de Sudamérica pueden dejar de actuar como sumideros de carbono", señaló la especialista. El estudio, elaborado a partir del seguimiento de más de medio millón de árboles distribuidos en seis países a lo largo de tres décadas, reveló que la acción conjunta de las altas temperaturas y la falta de lluvias reduce de manera significativa la capacidad de los árboles para retener carbono.
Cuando las plantas cierran los poros de sus hojas para conservar agua frente a la sequía, también disminuyen la incorporación de dióxido de carbono. Como consecuencia, su desarrollo se ralentiza y, con el paso del tiempo, el carbono acumulado termina regresando al ambiente cuando los árboles mueren y atraviesan su proceso de descomposición. En otras palabras, si el árbol deja de absorber CO y de crecer con normalidad, el mecanismo se revierte y ese carbono vuelve a liberarse hacia la atmósfera.
La demostración más contundente surgió a partir del episodio de El Niño 2015-2016, período en el que la temperatura de la región se ubicó, como mínimo, un grado por encima de los valores normales.
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"Algunas zonas del Amazonas dejaron prácticamente de absorber carbono", señala la investigadora. Como consecuencia de ese episodio, la mortalidad de los árboles aumentó de manera considerable, pasando de un 1,8 % anual a 3 %. Los ejemplares de mayor tamaño y aquellos con madera de menor densidad fueron los que sufrieron el impacto más severo.
La amenaza se vuelve todavía más pronunciada en las áreas periféricas de la Amazonía, donde los períodos de sequía son frecuentes y el ambiente presenta condiciones mucho más exigentes. Allí, un incremento de apenas 0,5 °C en la temperatura estuvo asociado con una disminución cercana al 0,5 % del carbono retenido en la biomasa aérea.
Los especialistas atribuyen este fenómeno a que los árboles de mayor porte experimentan fallas en su sistema hidráulico cuando escasea el agua. Esa alteración impide la circulación interna del líquido, acelera su deterioro y termina provocando su muerte. En términos sencillos, el árbol pierde la capacidad de transportar agua y nutrientes, lo que finalmente deriva en su colapso.
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La investigadora sostiene además que el hecho de que estos ecosistemas estén acostumbrados a atravesar temporadas secas no significa que puedan resistir sin consecuencias los eventos climáticos más severos. "El clima extremo está empujando a los bosques más allá de su capacidad de recuperación", enfatizó.
Si bien gran parte de la atención suele dirigirse a las inundaciones que afectan a las zonas costeras, la Amazonía peruana atraviesa amenazas menos evidentes, aunque igualmente destructivas. Un estudio desarrollado por Conservación Amazónica (ACCA) evaluó cómo se vinculan los episodios de El Niño, las sequías severas y los incendios forestales que impactan sobre esa región.
"Si vuelven a coincidir condiciones como las de 2024, el país podría enfrentar otra temporada de incendios de gran magnitud", alertó Sidney Novoa, responsable del área de tecnologías para la conservación de ACCA.
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A lo largo de 2024, la coincidencia de El Niño, temperaturas inusualmente elevadas en el Atlántico tropical norte, una intensa sequía y la acción humana —como el avance de la frontera agropecuaria y la deforestación— derivó en la temporada de incendios más grave de la que se tenga registro. Como consecuencia, alrededor de 240.000 hectáreas de bosques amazónicos y otros suelos de la región fueron alcanzadas por el fuego.
El informe también señala que las herramientas de prevención implementadas por las instituciones resultan insuficientes. En numerosos sectores no existen planes de acción actualizados, la presencia de cuerpos de bomberos es escasa y, en muchos casos, los recursos disponibles no se utilizan con la rapidez necesaria.
El panorama actual incrementa la inquietud entre los especialistas: durante los últimos 60 años, la frecuencia de los episodios más intensos de El Niño se duplicó y las proyecciones indican que 2026 podría convertirse en el año más caluroso del que exista registro. De acuerdo con la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), nunca antes este fenómeno climático se había iniciado con temperaturas tan elevadas tanto en los océanos como en la atmósfera.
"La integridad estructural del bosque se compromete cuando un evento climático extremo ocurre antes de que el ecosistema logre recuperarse de los impactos anteriores", puntualiza el estudio.
Los especialistas concluyen que el destino de la Amazonía y de los bosques tropicales estará estrechamente ligado a la conservación efectiva de estos ambientes naturales y al esfuerzo internacional por contener el incremento de la temperatura global. "La evidencia científica muestra cuáles son las condiciones que incrementan el riesgo y por qué deben monitorearse constantemente", sostuvo Novoa.
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