
Viajaban de Santiago a Tucumán para ver el Mundial 78: la historia de Ana y un pueblo que iba detrás de la Selección
Docente jubilada de 79 años, Ana Manuela Almaraz vive en Rapelli, Santiago del Estero, frente al antiguo trazado del ferrocarril. Desde allí reconstruye la historia del pueblo: cuando el tren marcaba la vida cotidiana y cuando ver a la Selección en un Mundial implicaba viajar hasta otra localidad.
El frío se pega al borde de las vías del antiguo ferrocarril Belgrano, donde el viento cruza sin obstáculos y levanta tierra suelta en Rapelli. En ese paisaje detenido, Ana Manuela Almaraz se sienta como cada tarde. Mira un momento las vías vacías, como si todavía guardaran algo en movimiento, y después habla. "Acá el fútbol siempre era una excusa para encontrarse".
Desde ese rincón del pueblo, la docente jubilada de 79 años reconstruye los Mundiales de un lugar donde ver a la Selección no siempre fue tan simple como prender la televisión. En este pequeño poblado de Santiago del Estero, el antiguo trazado del ferrocarril todavía organiza la memoria tanto como las calles.
Pero el fútbol en Rapelli no es solo recuerdo. También es presente. En paralelo a esa memoria de los Mundiales, el pueblo sigue ordenándose alrededor de sus clubes barriales, Argentino del Norte y Delegación Unión Oeste, que desde hace décadas marcan la vida de la comunidad y el ritmo de los fines de semana. Ella es hincha de Unión, desde siempre.
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En Rapelli, el Mundial no siempre estuvo en las casas. Hubo un tiempo en que la Selección no se veía: se iba a buscar. Los partidos obligaban a moverse, a cruzar caminos de tierra o a subirse al vehículo que apareciera. Ver fútbol era, más que una costumbre, una salida colectiva.
"En el 78 no teníamos televisión aquí", recuerda Ana Manuela Almaraz. "Nos íbamos hasta Garmendia a ver los partidos". El Mundial, dice, no empezaba en la pantalla sino en el viaje. "Una vez no teníamos en qué ir y pasó un camión... Nos llevó en la caja para ver el partido. Ganó Argentina con Perú. Eso no me lo olvido más".
La escena, repetida en su memoria, resume una época. "Eso era el Mundial para nosotros. Ir a buscar dónde verlo. No era como ahora, que lo ves en tu casa".
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"Jugar al fútbol era lo único que podíamos hacer", agrega al recordar cómo la vida del pueblo se organizaba alrededor de lo que había: encuentros improvisados, espacios abiertos y tiempo compartido.
Con los años, la llegada de los televisores cambió la rutina del pueblo. El Mundial de México 1986 ya encontró a más familias reunidas en sus casas, aunque el ritual de juntarse no desapareció.
"Después lo veíamos en la casa y venían vecinos de otros lados, porque no todos tenían señal o televisor", cuenta.
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Pero en Rapelli la historia del Mundial no se entiende sin otra imagen: la del tren.
Ana vive frente a las vías del antiguo ferrocarril Belgrano, el ramal que durante décadas conectó localidades del norte argentino y marcó el pulso de muchos pueblos del interior.
"Había tren de pasajeros", recuerda. "Pasaba por acá, venía de Tucumán y seguía. Era hermoso".
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La estación era mucho más que un punto de transporte.
"La gente iba a comprar diarios, revistas, a ver quién llegaba. Era un encuentro", dice. "Muchos se conocían ahí, otros se ponían de novios".
Con la reducción del servicio de pasajeros y el cierre progresivo de los ramales, el tren dejó de pasar por Rapelli. Las vías quedaron como una marca silenciosa en el paisaje y el movimiento del pueblo cambió para siempre.
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"Antes eran caminitos angostos; ahora es distinto todo", señala Ana, sin dramatismo, pero con una memoria precisa.
Desde su casa, la historia del pueblo se ordena en capas: el tren, los años en los que el agua escaseaba, los cambios en la forma de vida y, en el medio de todo, el fútbol.
"El Mundial siempre juntó a la gente. Sea como sea, siempre había una forma de verlo o de comentarlo", dice.
El frío sigue ahí, inmóvil, sobre las vías vacías. A pocas cuadras, los clubes del pueblo siguen marcando el pulso de los fines de semana, entre camisetas, partidos y encuentros que mantienen viva esa lógica de siempre.
Ana permanece unos segundos en silencio, como si escuchara algo que ya no pasa. "Es una reliquia esto", dice.
Y en Rapelli, entre el viento que cruza el pueblo, los clubes que siguen vivos y los recuerdos de los Mundiales, la escena no necesita más explicaciones. El fútbol, todavía hoy, sigue siendo una excusa para encontrarse.
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