
Un pez volador
Bernard Stiegler fue un filósofo francés que se destacó por ser uno de los primeros en advertir que la tecnología no sólo modifica lo que hacemos: también nos hace lo que somos. O sea que en medida…
Bernard Stiegler fue un filósofo francés que se destacó por ser uno de los primeros en advertir que la tecnología no sólo modifica lo que hacemos: también nos hace lo que somos. O sea que en medida en que los cambios se aceleren y ya no podamos procesarlos, pueden terminar por destruir nuestra memoria y alterar nuestra experiencia del tiempo, como si un campanario universal que empieza a sonar cada vez más fuerte y más rápido y nos aturde sin que nos demos cuenta. O peor: puede que nos demos cuenta y no hagamos nada por nuestro ejercicio del tiempo y el tañido sea un paradójico canto de sirena de la tecnología.
Para Stiegler, la estupidez no es lo contrario del saber. En Estados de shock. Estupidez y saber en el siglo XXI remarca que no pertenece sólo al ignorante: es una posibilidad propia de quien sabe, piensa o podría pensar. Cuando alguien puede juzgar, pero deja que un sistema piense por él. Falleció en 2020 y fue definido en la revista Philosophy Now como "uno de los filósofos más singulares e importantes de los últimos treinta años".
Fue uno de los directores del Centro Pompidou, una de las grandes catedrales del arte y del pensamiento contemporáneo. Para una publicación del museo le pidieron que contara cómo había llegado a la filosofía, y escribió una confesión memorable:
"Mi devenir filósofo fue el efecto de una anamnesis producida por una situación objetiva en el curso accidental de mi existencia". Acto seguido explica en qué consistieron esa anamnesis y esa situación objetiva: "El accidente consistió en cinco años de encarcelamiento, que pasé en la prisión de Saint-Michel de Toulouse y luego en el centro de detención de Muret, entre 1978 y 1983; años precedidos, evidentemente, por un paso al acto, es decir, por una transgresión".
Lo que Stiegler evita mencionar aquí es solamente que esa transgresión consistió en cuatro asaltos a bancos cometidos con un arma y una peluca.
Después de la sequía de 1976 abandonó la actividad agrícola y abrió un pequeño restaurante en Toulouse y más tarde compró un bar nocturno llamado L'Écume des jours (La espuma de los días). Era un local de jazz frecuentado por músicos, estudiantes, prostitutas, pequeños delincuentes e intelectuales.
El bar funcionaba, pero la situación económica empeoró y quedó sin dinero para pagar a sus proveedores, a la vez que el banco le negaba girar en descubierto. Planeó entonces robar la misma sucursal bancaria que le había cerrado el crédito. Se puso una peluca, tomó un arma y realizó el primer asalto. Según recordaría después, le fue muy bien. Trabajaba solo: era más eficiente y, además, no tenía que repartir las ganancias. El segundo y el tercer atraco también salieron a la perfección. Al cuarto asalto fue detenido y pasó los cinco años siguientes en prisión.
El consagrado Director del Pompidou reflexionó sobre su experiencia carcelaria a partir de una observación de Aristóteles: los peces no perciben el agua. No porque el agua esté oculta, sino porque está siempre allí. Es el medio más próximo, aquello que sostiene todos sus movimientos y que, justamente por eso, desaparece de su percepción.
La cárcel, al interrumpir sus acciones y separarlo brutalmente de su vida cotidiana, le permitió ver aquello que antes se confundía con la vida misma. La naturaleza humana es inseparable de su entorno (algo así como el "yo y mi circunstancia" de Ortega y Gasset, pero actualizado para el presente), y el medio tecnológico es un phármakon: veneno y remedio al mismo tiempo.
Por eso Stiegler cifra sus esperanzas en la posibilidad humana de parecerse al pez volador: saltar del agua durante un instante, observar desde arriba aquello que normalmente nos contiene y luego volver a caer. Teniendo en cuenta su vida es claro que no todos se elevan con los mismos métodos ni alcanzan la misma altura.
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