
Silencio, resignación y respuestas agotadas: la alarmante radiografía de San Martín tras otra caída
La derrota contra Atlético de Rafaela dejó algo más preocupante que el resultado: la sensación de un equipo golpeado y sin ninguna reacción.
Resumen para apurados
San Martín ya dejó atrás una nueva derrota y pone la mira en el domingo. El "Santo" visitará a Gimnasia de Jujuy con la obligación de sumar si quiere llegar con chances a las fechas finales. El desafío para el cuerpo técnico no pasa sólo por lo táctico, sino por levantar a un grupo golpeado anímicamente. La caída 4 a 2 contra Atlético de Rafaela no sólo alejó al equipo del Reducido, sino que dejó la imagen de un grupo resignado y sin respuestas.
En la vereda del Monumental de barrio Alberdi, junto al ómnibus que esperaba a los futbolistas, había un silencio pesado. Las miradas esquivas y las cabezas gachas marcaron la salida del plantel. Varios referentes, entre ellos el capitán Darío Sand, prefirieron no hacer declaraciones y subieron rápido, con el gesto adusto. Nadie tenía muchas ganas de hablar.
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En ese contexto, Alejandro Orfila enfrentó los micrófonos y dijo una frase que resumió el momento de sus dirigidos: "Hay cosas que tenemos que corregir, y siempre decimos lo mismo".
Ahí quedó expuesto el problema real del "Santo": no es solamente que repite errores fecha tras fecha, sino que puertas adentro parece haberse agotado el manual de respuestas para solucionarlos.
Lo llamativo es que la propuesta en Rafaela funcionó de entrada. Con Gabriel Carabajal de enlace y el desequilibrio de Alan Cisnero y Bruno Cabrera, San Martín atacó bien y estuvo dos veces arriba. Pero en ambas ocasiones el rival le empató al instante a partir de dos saques laterales: desatenciones básicas que borraron en segundos el esfuerzo ofensivo. El primero llegó apenas un minuto después de que Cisnero adelantara a los tucumanos, con la defensa incapaz de despejar un centro sencillo al área chica. El segundo fue todavía más elocuente: tras un lateral desde mitad de cancha, la pelota le quedó servida a Albertengo, que la bajó de cabeza para que Joel Bonifacio definiera solo frente al arquero. Dos jugadas parecidas, separadas por pocos minutos, que muestran que no fue un error aislado.
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En la conferencia, Orfila intentó escudarse en el rendimiento ofensivo y negó de plano el factor psicológico: "¿Mental? No, porque respondimos de muy buena manera, volvimos a jugar muy bien al fútbol". Esa lectura no coincide con lo que se vio a partir de los 20 minutos del segundo tiempo. Tras el 3 a 2 de Albertengo a la salida de una pelota parada, San Martín no fue un equipo que buscó sin suerte: fue un equipo abatido.
Las variantes no surtieron efecto en el campo. Los futbolistas deambularon por la cancha con la cabeza gacha, enviaron centros sin destino y jugaron los últimos 25 minutos con un lenguaje corporal de resignación.
Cisnero, uno de los pocos que se detuvo a hablar en la vereda, tuvo una lectura parecida: "Creo que fue un partido correcto el que hicimos. No supimos aprovechar las ocasiones que tuvimos, así que bueno, nos costó caro... vamos a salir todos adelante de esto y yo creo que esa pelota va a entrar". Pero la pelota entró dos veces y sí se generó peligro: el problema de San Martín no es de puntería (o al menos no lo fue en este encuentro).
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En la vereda, mientras el micro encendía el motor, no hubo gestos de bronca ni de indignación. Se percibía otra cosa, más difícil de nombrar: el semblante de un conjunto que ya no sabe cómo explicar lo que le está pasando.
Las matemáticas todavía dejan una posibilidad teórica de meterse en el Reducido, pero el momento anímico del equipo cuenta otra historia. Quedan seis fechas por delante y el margen de error desapareció por completo. Cuando un plantel luce abatido en la cancha y su entrenador admite que ya no sabe qué decir para no repetir el mismo diagnóstico, el problema deja de ser un lateral mal defendido.
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