
"¿Realmente somos libres?": la pregunta de una joven en un museo de Atlanta que obliga a mirar de frente la segregación racial
Uno de los principales museos de Atlanta recorre las leyes que dividieron a Estados Unidos, la lucha encabezada por Martin Luther King y las formas de discriminación que todavía persisten.
Resumen para apurados
Jay Lee suele enseñarle a su hijo de siete años que debe respetar las leyes. Que tiene que portarse bien con los policías, obedecer a las autoridades y cumplir las normas. Pero hoy, parado frente a un colectivo cubierto con cientos de fotografías de personas detenidas durante las protestas por los derechos civiles en Estados Unidos, su mensaje es distinto.
"Si algo así vuelve a ocurrir, tenés que hacer lo mismo que hicieron ellos. Tenés que levantarte contra la injusticia y defender a las personas más débiles", le explica. El niño escucha mientras su padre señala algunos de los rostros que cubren el vehículo y le cuenta por qué terminaron arrestados.
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Jay tiene 52 años, nació en Corea del Sur y vive en Indiana. En Atlanta por un viaje familiar, decidió visitar junto a su hijo el National Center for Civil and Human Rights. Es uno de los principales espacios de la ciudad que busca reconstruir la historia de la segregación racial, el movimiento por los derechos civiles y las distintas formas de discriminación. Desde su apertura en 2014 recibió más de dos millones de visitantes.
La escena ocurre a dos kilómetros del estadio donde la Selección argentina jugará el miércoles por las semifinales del Mundial. Mientras miles de hinchas llegan para acompañar al equipo de Lionel Scaloni, LA GACETA recorrió uno de los museos que permiten acercarse a otra dimensión de una ciudad atravesada por la historia de la población negra estadounidense. "Normalmente le enseñó a obedecer al Gobierno, cumplir las leyes y ser amable con los policías. Pero acá le expliqué que el Gobierno decía que los negros y los blancos no debían ser amigos ni mezclarse, y que eso estaba mal", cuenta Jay. Su hijo tiene amigos blancos y negros y, según explica, sabe que aquella separación era injusta y quiere ser amigo de todos.
El recorrido empieza con una reconstrucción del sistema de segregación racial que se extendió durante décadas en buena parte de Estados Unidos. Fotografías, documentos, carteles y reproducciones de espacios públicos muestran cómo las llamadas leyes Jim Crow establecieron la separación entre blancos y negros en escuelas, restaurantes, hospitales, medios de transporte y otros ámbitos de la vida cotidiana.
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"White only". "Colored waiting room". "Colored entrance". Las palabras aparecen sobre puertas, salas de espera y accesos diferentes, mientras fragmentos de las legislaciones estatales permiten dimensionar hasta qué punto la discriminación estaba respaldada por el propio Estado. El museo avanza después hacia uno de los momentos decisivos de esa historia. El fallo Brown v. Board of Education, dictado por la Corte Suprema en 1954, declaró inconstitucional la segregación racial en las escuelas públicas y se convirtió en uno de los principales antecedentes jurídicos del movimiento por los derechos civiles.
Atlanta ocupa un lugar central en esa historia. Aquí nació Martin Luther King Jr., uno de los principales líderes del movimiento: desde esta ciudad impulsó junto a otros activistas la lucha contra la segregación racial. Fotografías, discursos y documentos reconstruyen dentro del museo las marchas, protestas y campañas que encabezó hasta su asesinato en 1968.
Pero las leyes comenzaron a cambiar antes que las prácticas sociales: miles de personas fueron detenidas, golpeadas y perseguidas durante los años siguientes por participar de protestas contra la segregación. Algunos de esos rostros aparecen ahora impresos sobre la reproducción del ómnibus donde Jay se detuvo con su hijo.
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"Le expliqué quiénes eran estas personas y por qué habían sido arrestadas. Si vuelve a ocurrir algo parecido, quiero que haga lo mismo que aquellos que se levantaron contra la injusticia, hablaron por los más débiles e intentaron hacer un mundo mejor", dice.
Unos metros más adelante, el visitante está invitado a sentarse en una de las sillas ubicadas frente al mostrador de una cafetería. Hay auriculares, dos marcas blancas sobre la mesa para apoyar las manos y un reloj que comienza a contar el tiempo.
La experiencia reconstruye los sit-ins, las protestas pacíficas protagonizadas principalmente por estudiantes negros que se sentaban en los sectores reservados exclusivamente para blancos y se negaban a retirarse. Al ponerse los auriculares comienzan los insultos, las amenazas y los golpes, mientras el asiento y el mostrador transmiten vibraciones y el visitante intenta mantener las manos sobre la mesa.
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"¿Cuánto tiempo podés resistir?", pregunta el museo en un texto. Algunos permanecen unos segundos. Otros cierran los ojos, aprietan las manos contra el mostrador y soportan la simulación hasta el final. Alrededor, el resto de los visitantes observa en silencio una experiencia que busca achicar la distancia entre quienes recorren hoy el museo y quienes soportaron aquellas agresiones durante las protestas contra la segregación.


Alimatu camina por otro sector del museo con su hermana menor. Se paran frente a una reconstrucción de las antiguas salas de espera separadas para blancos y negros, leen algunos fragmentos de las leyes Jim Crow y siguen caminando.
Cuenta a LA GACETA que es estadounidense de primera generación, hija de inmigrantes africanos y exalumna de Howard University, una universidad históricamente negra ubicada en Washington. Decidió llevar a su hermana al museo porque considera que conocer esta historia también significa prepararla para comprender el país en el que crecerá.
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"Nosotras tenemos una familia de África occidental, pero Estados Unidos la va a ver de la misma manera que ve a una afroamericana. Va a crecer dentro de esta cultura y puede recibir el mismo trato", explica. Quiere que su hermana conozca lo que atravesaron otras personas negras, entienda que la discriminación nunca es culpa suya y se sienta orgullosa de su identidad.
Para ella, el material que las rodea funciona como un punto de comparación con el Estados Unidos actual. "¿Realmente somos libres? ¿O simplemente todo fue reformulado de otra manera para hacer parecer que somos libres?", pregunta.
La joven considera que las formas más explícitas de segregación fueron eliminadas, pero asegura que la discriminación racial sigue con otros mecanismos. Menciona el perfilamiento racial, los asesinatos de personas negras y los llamados sundown towns, localidades del sur en las que, según dice, todavía puede ser peligroso para una persona negra caminar después del anochecer.
"Somos más libres, podemos hacer más cosas, pero no somos completamente libres. Todavía existe mucho odio hacia las personas negras", afirma. Ella está ahí justamente para indagar en las continuidades y diferencias entre el sistema que muestran las paredes del museo y la foto del presente.
"Muchas veces dicen que nosotros hacemos que todo se trate de la raza. Pero todo está profundamente atravesado por la raza y muchas de las cosas que ocurren hoy tienen sus raíces en el racismo", dice.
Su mirada crítica sobre la foto que le devuelve el presente también alcanza al Gobierno de Donald Trump. "Fuck Trump and fuck ICE. Eso es todo lo que tengo para decir", dice sobre las políticas migratorias y el accionar del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).
La historia de la segregación racial y del movimiento por los derechos civiles ocupa una parte central del National Center for Civil and Human Rights, pero el recorrido no termina ahí. El museo reabrió sus puertas en noviembre de 2025 después de una ampliación que sumó seis nuevas galerías y espacios educativos e interactivos. La entrada general cuesta US$28 más impuestos para los adultos, US$22 para los visitantes de entre 7 y 12 años y US$23 para los mayores de 65. El recorrido puede llevar dos horas.
En uno de los pasillos aparecen camisetas de cracks como Pelé, Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Kylian Mbappé y Roberto Carlos. Ellos forman parte de una exposición inaugurada este año para utilizar el fútbol como punto de partida para hablar de racismo, desigualdad de género, discriminación y derechos humanos.
"Creo que este país está yendo hacia un lugar que no es deseable. Solo los ciudadanos pueden detenerlo", advierte Jay. Para él, las personas que aparecen en las paredes del museo lograron frenar una injusticia y redirigir el rumbo del país; ahora espera que las generaciones más jóvenes estén dispuestas a hablar y actuar si algo semejante vuelve a ocurrir.
Él y su hijo siguen caminando. Jay llegó al museo para contarle qué fue la segregación, pero también para transmitirle una lección: que las leyes pueden estar equivocadas, que las autoridades pueden defender una injusticia y que, algunas veces, hacer lo correcto exige tener el coraje de desobedecer.
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