
Nostalgia de una promesa que se resiste a desaparecer
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Hay países que ocupan un lugar en los mapas y otros que habitan en la imaginación de los pueblos. Cuba pertenece a esta segunda categoría. Su territorio es una isla; su historia, en cambio, es un continente. Pocas experiencias políticas del siglo XX despertaron tantas esperanzas, tantas adhesiones, tantas controversias y también tantas decepciones como la Revolución Cubana. Hablar de Cuba es hablar de una promesa. Y acaso también de la larga nostalgia de esa promesa.
La revolución no surgió en el vacío. Antes de 1959, la isla era exhibida como una vitrina tropical a pocas millas de Estados Unidos. Los turistas llegaban atraídos por los hoteles lujosos, los casinos encendidos durante toda la noche y una vida nocturna que parecía no conocer límites. Detrás de aquel decorado se movían intereses mucho menos románticos. Las mafias vinculadas al juego encontraron en la Cuba de Fulgencio Batista un terreno fértil para sus negocios. Nombres como Meyer Lansky se transformaron en símbolos de una época en la que la política, los uniformes y el dinero se confundían con inquietante naturalidad. La Habana brillaba para algunos mientras una parte considerable de la población permanecía al margen de aquella prosperidad.
". . . y en eso llegó Fidel. . . ": diría Carlo Puebla, allá lejos, por los 60. Llegó como llegan las grandes irrupciones de la historia: cargada de épica. Miles de hombres y mujeres vieron en ella la posibilidad de un país distinto. No era solamente la caída de una dictadura. Era la ilusión de una justicia largamente postergada. Era la promesa de que los humildes ocuparían el centro de la escena. Era la convicción de que América Latina podía escribir una historia propia sin pedir permiso a nadie.
Por eso Cuba trascendió rápidamente sus fronteras. La isla se convirtió en bandera, en símbolo y en referencia. Para generaciones enteras de latinoamericanos fue la prueba de que los poderosos podían ser desafiados. El pequeño país caribeño adquirió una dimensión desmesurada. Ya no era sólo Cuba: era una metáfora. A veces, o casi siempre la historia suele ser menos dócil que los sueños.
La confrontación con Estados Unidos, las nacionalizaciones y el aislamiento diplomático empujaron al nuevo gobierno hacia la órbita soviética. La revolución que había nacido invocando la independencia terminó encontrando sustento económico y político en otra potencia. La Unión Soviética garantizó durante décadas recursos, mercados y protección geopolítica. Aquella alianza permitió sostener importantes avances en educación, salud y desarrollo científico, pero también generó una dependencia estructural que el tiempo terminaría revelando.
Cuando cayó el Muro de Berlín, no sólo se derrumbó una frontera europea. También comenzó a resquebrajarse una parte esencial del edificio económico, político y social cubano. Los años noventa fueron para la isla una travesía dolorosa. Escaseó el combustible, se paralizó la producción, aparecieron carencias impensadas y la vida cotidiana se convirtió en un ejercicio permanente de supervivencia. El llamado Período Especial fue mucho más que una crisis económica: fue una crisis de certezas. Una década de crisis era demasiado tiempo. Entonces apareció Venezuela.
La llegada de Hugo Chávez abrió una nueva etapa. El petróleo venezolano devolvió oxígeno a una economía exhausta y permitió recuperar cierto margen de estabilidad. Pero también reinstaló una pregunta incómoda: ¿cuánto de la autonomía proclamada dependía, una vez más, de la ayuda de otro país? La historia parecía repetir una antigua lección. Las revoluciones pueden cambiar los gobiernos; resulta mucho más difícil modificar las estructuras profundas de la dependencia.
Sería injusto explicar las dificultades cubanas únicamente por los errores internos. El embargo estadounidense constituyó durante décadas una carga real que condicionó inversiones, intercambios comerciales y posibilidades de desarrollo. Pero también sería una simplificación atribuir todos los problemas a factores externos. Las burocracias envejecen. Los sistemas se vuelven rígidos. Las instituciones pueden perder la capacidad de escuchar a la sociedad que dicen representar. De eso se trata también.
En esa zona de sombras aparecen además las contradicciones más difíciles de explicar. Mientras amplios sectores de la población enfrentan restricciones materiales y salarios insuficientes, numerosos cuestionamientos señalan la existencia de privilegios reservados para determinados funcionarios y sus entornos familiares. El acceso diferencial a bienes, servicios y espacios de poder resulta particularmente llamativo en un proceso político que hizo de la igualdad una de sus banderas fundamentales. Allí surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando una revolución (o tal vez, quienes la dirigen), comienza a parecerse demasiado a aquello que alguna vez prometió combatir? Quizás la respuesta no sea económica ni política. Tal vez sea moral. Esa parte incomoda de la filosofía, que nos pone los límites, de lo que fuimos y lo que somos. Porque las sociedades pueden soportar sacrificios. Lo que resulta más difícil de tolerar es la sensación de que esos sacrificios no son compartidos por todos.
Las relaciones con Estados Unidos reflejan también esa historia zigzagueante. Carter ensayó acercamientos. Clinton alternó aperturas y restricciones. Obama pareció inaugurar una nueva época cuando estrechó la mano de Raúl Castro y devolvió a la diplomacia un lenguaje olvidado. Trump volvió a endurecer posiciones. Cada administración norteamericana proyectó sobre Cuba sus propias contradicciones y sus propios fantasmas.
Hoy la isla continúa habitando un territorio singular. Conserva logros sociales reconocidos incluso por sus críticos y enfrenta dificultades económicas que ya nadie discute. Sigue despertando admiración y desencanto al mismo tiempo. Tal vez porque Cuba no es solamente un país. Es una pregunta. Una pregunta sobre el poder. Sobre las revoluciones. Sobre los sueños colectivos y su desgaste. Sobre la distancia que suele abrirse entre los ideales y la realidad.
Quizás por eso continúa fascinando. Porque en su historia hay algo profundamente humano. La belleza de una esperanza y la melancolía de sus límites. Como si la isla entera estuviera suspendida entre dos tiempos: el recuerdo de lo que prometió ser y la incertidumbre de lo que todavía puede llegar a convertirse, en poco tiempo.
Y acaso sea allí donde habita su verdadera lección para América Latina. No en las certezas, sino en las preguntas. No en los dogmas, sino en las contradicciones. No en las consignas, sino en esa persistente nostalgia de una promesa que todavía se resiste a desaparecer.
La historia no la escriben quienes sueñan. Cuba aún persiste en soñar.
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla es doctor en Filosofía.
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