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Las señales que casi todas las familias pasan por alto
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Las señales que casi todas las familias pasan por alto

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El Tribuno de Jujuy
martes, 04 de agosto de 2026 · 09:16 a. m. hs · 7 min
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Las apuestas suelen aparecer de la misma manera que llegan muchas otras conductas de riesgo: despacio.

La semana pasada terminábamos con una pregunta incómoda. ¿En qué momento dejamos de conocer el mundo que habitan nuestros hijos? Hoy quisiera hacer otra. ¿Y si aquello que hoy nos preocupa hubiera empezado mucho antes... y todavía no nos dimos cuenta?

Cuando pensamos en un adolescente con dificultades relacionadas con las apuestas solemos imaginar el final de la historia. Vemos a un adulto endeudado. Desesperado. Solo. Mentiroso. Con su vida desordenada. Pero esa imagen pertenece al último capítulo. Nunca al primero.

El comienzo es mucho más silencioso. Y justamente por eso cuesta tanto reconocerlo. Los padres solemos esperar grandes señales. Esperamos descubrir una deuda importante. Una transferencia extraña. Una billetera virtual con movimientos que no entendemos. Una llamada reclamando dinero. Esperamos que aquello que nos preocupa haga ruido. Pero casi nunca ocurre así.

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Las apuestas suelen aparecer en la vida de un adolescente de la misma manera que llegan muchas otras conductas de riesgo. Despacio. Sin llamar la atención. Y, muchas veces, disfrazadas de algo que parece completamente normal. Porque la adolescencia también cambia. Cambian los intereses. El humor. Las amistades. La necesidad de privacidad. Las ganas de estar solos. Las horas frente al celular. Y eso es importante recordarlo. Cambiar forma parte de crecer. No todo cambio es una señal de alarma. El desafío consiste en distinguir cuándo esos cambios ayudan a construir autonomía y cuándo empiezan a expresar un malestar que necesita ser escuchado.

Entonces aparece una pregunta difícil. ¿Cómo diferenciar un cambio propio del crecimiento de una señal de alarma? Quizás la respuesta no esté en observar un comportamiento aislado. Sino en mirar el conjunto. Porque las dificultades importantes casi nunca aparecen de golpe. Se instalan lentamente. Como la humedad. Al principio parece una pequeña mancha. Después ocupa toda la pared. Las primeras señales, además, rara vez son económicas. Son emocionales. Porque una relación con las apuestas que empieza a generar preocupación no nace en la billetera.

Muchas veces comienza antes, en la manera en que un adolescente intenta responder a necesidades, emociones o malestares para los que todavía no encontró otra forma de afrontarlos. Ese hijo que antes llegaba contando cómo le había ido en el colegio ahora responde con un "bien" que termina cualquier conversación. La hija que disfrutaba entrenar empieza a faltar.

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El adolescente que antes compartía la cena ahora prefiere comer solo en su habitación. No necesariamente porque esté apostando. Pero sí porque algo cambió. Y cuando un adolescente cambia de manera persistente, merece nuestra atención antes que nuestro juicio.

Después aparecen otros indicios. Empieza a pedir dinero con mayor frecuencia. Nunca alcanza. Siempre hay una explicación. Duerme peor. Se irrita cuando se corta Internet. Se enoja si alguien le pide el teléfono. Pasa horas mirando resultados deportivos, aunque ya ni siquiera disfrute del partido. Empieza a interesarse más por cuánto paga un resultado que por el juego mismo.

Las guías de prevención suelen mencionar muchas de estas señales: aislamiento progresivo, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban, aumento del tiempo frente a las pantallas, cambios bruscos de humor, descenso del rendimiento escolar o el uso de dinero para apostar.

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Pero hay una señal de la que hablamos muy poco. La pérdida del entusiasmo. Ese chico que antes encontraba placer en muchas cosas empieza a mostrar indiferencia frente a casi todo. Ya nada parece entusiasmarlo demasiado. No porque haya dejado de sentir. Sino porque algunas experiencias comienzan a ofrecer una intensidad emocional difícil de igualar. Y no ocurre solamente con las apuestas. También puede pasar con determinadas dinámicas de los videojuegos, las redes sociales o cualquier actividad diseñada para ofrecer recompensas inmediatas.

Cuando un adolescente deja de disfrutar aquello que antes le daba sentido, no necesariamente estamos frente a una dificultad relacionada con las apuestas. Pero sí frente a una señal que merece nuestra atención. Porque perder el interés por los vínculos, el deporte, los proyectos o las actividades que antes lo hacían sentir bien significa que algo importante está cambiando.

La preocupación no debería centrarse únicamente en el dinero. Lo verdaderamente importante es cuando la búsqueda permanente de una emoción empieza a desplazar los vínculos, los proyectos, el deporte, el estudio o cualquier actividad que antes formaba parte de la vida cotidiana. El deporte deja de ser deporte. Ahora importa la apuesta. El fútbol deja de ser un encuentro con amigos. Ahora importa el resultado. Hasta mirar un partido cambia. Ya no se disfruta. Se calcula. Se espera. Se mira la pantalla más que la cancha.

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Sin darse cuenta, el entretenimiento empieza a convertirse en una necesidad. Por eso la prevención no consiste solamente en evitar una conducta de riesgo. También consiste en fortalecer aquello que protege. La familia. Las amistades saludables. El deporte. El arte. La escuela. Los proyectos. Las conversaciones.

Todos esos espacios donde un adolescente puede sentirse visto, escuchado y valorado. Y acá hay algo importante. No todos los adolescentes que apuestan buscan ganar dinero. Algunos buscan pertenecer. Otros escapar del aburrimiento. Algunos sentir adrenalina. Otros intentan aliviar una preocupación, una frustración o una tristeza para la que todavía no encuentran palabras.

Por eso, cuando un adolescente empieza a cambiar, la primera pregunta no debería ser: "¿Está apostando?". La pregunta más útil suele ser otra. "¿Qué le está pasando?". Porque cuando un adolescente cambia, la pregunta más importante no es qué conducta apareció. La verdadera pregunta es qué necesidad está intentando resolver con esa conducta.

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Muchas familias llegan a este punto haciéndose la misma pregunta. "¿Cómo no me di cuenta antes?". La respuesta suele ser dolorosa. Porque estaban mirando donde no era. Esperaban una explosión. Y aquello que hoy los

preocupa apareció como un susurro. Porque estaban buscando una conducta. Cuando, en realidad, las primeras señales suelen aparecer mucho antes, en las emociones y en los vínculos.

También hay algo que nos cuesta aceptar. Nuestros hijos no necesariamente ocultan más que antes. Simplemente crecieron en un mundo donde gran parte de su vida ocurre dentro de un dispositivo al que los adultos apenas podemos asomarnos. Las conversaciones pasan por aplicaciones. Las amistades también. Las transferencias caben en una billetera virtual. Las apuestas duran segundos. Y las pérdidas también.

Por eso la prevención ya no consiste únicamente en revisar un celular. Consiste en recuperar algo mucho más difícil. La conversación. La curiosidad. La confianza.

El interés genuino por conocer quién es ese adolescente que está creciendo delante nuestro. No para invadirlo. Para acompañarlo. Porque la confianza no se construye el día que aparece una dificultad. Se construye mucho antes, en las pequeñas conversaciones de todos los días. Porque ningún padre puede competir con algoritmos diseñados para captar la atención las veinticuatro horas del día. Pero sí puede ofrecer algo que ninguna plataforma podrá reemplazar jamás. Tiempo. Escucha. Disponibilidad. Y la certeza de que, cuando aparezca una dificultad, habrá un adulto dispuesto a escuchar antes de juzgar.

Sin embargo, descubrir lo que ocurre no siempre resuelve las cosas. Muchas veces, allí empiezan los errores más frecuentes. El enojo. Los gritos. Las amenazas. Las prohibiciones. La idea de quitar el celular pensando que, si desaparece el dispositivo, desaparecerá también aquello que nos preocupa. Pero las apuestas no viven dentro de un teléfono. Tampoco comienzan el día de la primera transferencia. Muchas veces son la manera en que un adolescente intenta aliviar un malestar, escapar del aburrimiento, sentirse parte de un grupo o encontrar una emoción que hoy no encuentra en otro lugar.

Por eso quitar el dispositivo puede apagar una pantalla. Pero difícilmente resuelva aquello que llevó a buscar refugio en ella.

Comprender esa diferencia cambia por completo la manera de prevenir. Y también la manera de acompañar.

La próxima semana hablaremos justamente de ese momento.

Del día en que una familia descubre que algo está pasando y aparece una de las preguntas más difíciles de responder:

¿Cómo hablar con un hijo sobre las apuestas sin que la conversación termine en una pelea... o, peor aún, en un nuevo silencio?

(Autoría María Spengler, licenciada en Educación Física y técnica en Gestión y administración en juegos de azar).

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