
La hija del legendario locutor Hugo Guerrero Marthineitz y una vida marcada por la resiliencia, el perdón y la moda: cómo nació La Señora del Lujo Silencioso.
-¿¡Flor Jazmín Peña!? -Aunque ella quizá no lo sepa… -¿¡No!? -Fue quien pronunció por primera vez es…
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-¿¡Flor Jazmín Peña!?
-Aunque ella quizá no lo sepa…
-¿¡No!?
-Fue quien pronunció por primera vez ese nombre en voz alta y terminó bautizando a mi alter ego, que hoy ya tiene vida propia.
-Un alter ego que mediáticamente comenzó a viralizarse hasta capitalizar la atención de la moda; un rubro bastante complicado de conquistar, por cierto.
-Por eso siempre se lo voy a agradecer. Para mí Flor es la madrina de La Señora del Lujo Silencioso.
Entonces María Gabriela Guerrero Marthineitz se acomoda frente al grabador de Revista GENTE como para desarrollar una historia que iniciará en los días que corren y derivará "vaya a saber hacia dónde", intuye la hija del legendario Hugo, locutor, periodista y conductor de radio y televisión peruano, al mismo tiempo que uno de los mayores innovadores de la historia de los medios de comunicación de nuestro país, acaso. Y acaso, también, quien le transmitió esa clase de ADN que marca diferencias y resulta complicado de desentrañar.
"La Señora del Lujo Silencioso nació casi sin que lo planeara -retoma ella el tema de inicio-. Yo ya venía trabajando y escribiendo sobre el concepto de lujo silencioso y aplicándolo también a mi manera de comunicar las marcas que representaba desde la prensa y las relaciones públicas. Durante el verano de 2025, a partir de una acción de prensa con Sentéz, llevé unas carteras a Nadie dice nada, en Luzu, para regalarle a Flor Jazmín Peña y a Nico Occhiato. Ese encuentro abrió una conversación sorpresiva. Tiempo después volví al programa. Fue entonces cuando Flor Jazmín, casi naturalmente, me presentó como La Señora del Lujo Silencioso. Y hubo como un clic en mi vida…", deja abiertos los tres puntos.
-¿Usted hizo varios clics en su vida, cierto? -aprovechamos el convite.
-Cierto (sonríe).
-¿Se anima a hablar de su vida y de esos clics?
-¿Querés escribir un libro?
-En principio, una nota interesante.
-Entonces, ¿qué esperamos?
"De entrada debería jurar y perjurar que tengo 59 años y no 63, porque si bien nací en el Sanatorio Otamendi el 29 de noviembre de 1962, me anotaron cuatro años después", sorprende Gabriela. Y cuando la pregunta obligada pretende saltar de la punta de la lengua del periodista como si fuera un trampolín, ella, sin aguardarle un instante, explica y aclara: "Fue un olvido del que nos dimos cuenta cuando mamá fue a registrarme en el jardín de infantes: le pidió a mi padre la partida de nacimiento que se suele hacer frente al nacimiento cualquiera, antes de dejar el sanatorio, y nos enteramos de que no me había anotado", cuenta ahora. "... Pero arrancamos mi vida desde bastante temprano, ¿no?", agrega guiñando el ojo izquierdo.
-No crea… ¿Y si le preguntamos cuándo nació la relación entre sus padres?
-Ufff… Mi mamá (Dora Alicia) pertenecía a una de esas familias españolas católicas y conservadoras que buscaban el candidato ideal entre los hijos de familias amigas. Siempre abanderada, recibida en el María Auxiliadora con los mejores promedios, era la hija "perfecta", con cuadro de honor en el colegio incluido. Hasta que llegó el novio: conductor de radio, tevé y bailes en clubes de la época (allí se conocieron), ¡negro, peruano y veinte años mayor! Un drama para la época. Ella de 17 años y él de 37. Todo un escándalo. Intentaron separarlos, pero no lo lograron. Hasta que mamá quedó embarazada y obligaron a mi padre a casarse. Ese embarazo era de mí. Luego llegarían mi hermano Hugo Gabriel, que murió a seis meses de nacer, y Diego Alonso Guerrero (hoy de 62) y Hugo Bernardo Guerrero (de 44), de otras dos madres, René y Nancy.
-¿Por qué usted es el único de los hermanos con los dos apellidos paternos? ¿Qué significado conllevó llevar esa marca identitaria única?
-La decisión, supongo, la tomaron ambos. Nos quedó claro cuando nos reunimos los tres. Y sí, no voy a negar que pesó. ¡Hasta me llevaron presa por el apellido! Mi padre no tenía grises, lo amaban o detestaban, y eso en ciertos espacios lo he heredado. Al menos hasta que te conocen y el prejuicio se cae.
-Precisamente, crecer con esos datos de filiación y esa historia de registro tan particular, ¿en qué medida fue moldeando su carácter y su forma de plantarse desde chica ante el mundo?
-El abandono y la ausencia de un padre famoso por el que todos me preguntaban fue difícil. Sentía que tenía que ser como mi familia materna quería: temía perderlos si no cumplía con el modelo indicado. De papá no hablábamos, era tema prohibido. Tampoco se lo escuchaba en radio ni se veía en televisión. Desde que mis padres se separaron, y desde mis cuatro años hasta los 21, no lo vi ni tuve relación con él. La familia ocultaba todo lo que estuviera asociado a papá.
-¿Cómo fue su derrotero, Gabriela, hasta que volvieron a relacionarse?
-Primaria y secundaria bilingüe completa en el antiguo Colegio Mater Misericordiae, hoy Mater Ter Admirabilis; profesorado de Jardín de Infantes, y licenciatura en Relaciones Públicas. Aprendí trabajando. Tuve una gran maestra, Ada De Maurier, dueña de la primera joyería en la que me e3mpleé. Por aquellos tiempos había vuelto a relacionarme con mi padre. Apenas cerró con el interventor de Canal 9 (Alfredo Garrido) para conducir A solas, me propuso ser su productora. La idea me encantó. Le pregunté cuáles serían mis tareas. "Vas a limpiar y a hacer el café. En el canal hay paro de utileros y necesito que el estudio esté impecable, con el cristal de la mesa impoluto, sin una pelusa, porque voy a pedir planos sobre ellos. Antes, vas a llamar a los invitados pero nunca presentándote como mi hija: a partir de hoy sos mi secretaria y productora. Ah… y en caso de ser necesario me tenés que planchar las camisas", ¡jajajajaja! En ese momento la idea no me gustó nada, imaginaba otra cosa, pero hoy se lo agradezco, porque con él no sólo aprendí a producir en radio y tevé, sino que, cada vez que debo organizar un evento o alguna reunión, sé cómo se hace cada cosa y hasta puedo resolver en caso de carecer de personal especializado. Gracias a papá encontré mi verdadero amor por la radio, la producción, por buscar al invitado indicado, por preguntar, por escuchar. Y me convertí en una observadora crónica.
-Entenderá entonces que no podemos dejar atrás, acá y ahora, el tema Hugo Guerrero Marthineitz y que deberíamos penetrar más profundamente en su historia de padre e hija, hija y padre, ¿no?
-Claro que lo entiendo.
La entrevistada asegura que construir una identidad durante tanto tiempo, entre sus cuatro y 21 años, sin la presencia cotidiana de un padre, determinó un universo de preguntas. "Obvio -subraya cuando comenzamos a indagar en aquella época de su existencia para continuar el hilo-. Sin embargo me ayudó mucho la figura masculina que encontré en mi abuelo paterno, Julio. Aquella Gabriela chiquita la necesitaba. Imaginate que además la necesitaba, porque a su ausencia se suma -como también te mencioné- que la relación entre mi padre y la familia de mi madre era tormentosa: 'Hay que alejarlo de nuestra hija, porque la arruinó', decían".
-¿La arruinó?
-Escuchá esto: mi abuela Dora era cliente del negocio de los padres de una novia que tenía mi padre en el mismo momento que estaba con mi madre. Más allá de eso, papá se casó con mamá al quedar embarazada de mí. En ese momento se calmaron las aguas, pero cuando llegó mi hermano Hugo Gabriel y falleció, se confirmó que mi padre no sólo seguía su otra relación sino que además había tenido un hijo con la madre de mi hermanastro Diego. Y ahí la cosa empeoró. Comenzó una guerra que dejó mucho dolor y mucha bronca. Imagínate que si mi hermano Hugo Gabriel hubiese vivido, yo tendría dos hermanos de la misma edad, uno nacido en septiembre y el otro en noviembre. La mejor ayuda fue y es mi terapeuta. Sin ella el dolor y el sentimiento de abandono me seguiría acompañado. Tuve la suerte de hablar y preguntar mi historia a los dos en una reunión. No podía seguir con versiones totalmente contrapuestas. Luego hablé por separado con cada uno y cerré heridas antes de la muerte de ambos.
-Cuando no hay un padre presente en el día a día, uno tiende a idealizarlo o mantener distancia. En esos diecisiete años de ausencia, ¿qué imagen guardaba de Hugo y cuánto cambió cuando volvieron a verse?
-Mi familia materna me lo ocultó tanto que llegué a pensar que era adoptada. Mi mamá era Blancanieves, y mírame a mí. Toda la familia era blanca y yo marroncita, jajajá. No recordaba a papá hasta que una noche, en una reunión de grandes, yo cenaba sola en el dormitorio de mamá mirando tele y encontré un programa que conducía él. Me quedé mirándolo. De repente entró mi madre, me miró con espanto, le pregunté si ése era papa. Me contestó que sí, abrió un placard, sacó revistas, me las acercó ("Acá hay notas de él, si querés miralas", dijo) y me las dejó. Fue mi primer acercamiento.
-¿Cuándo volvió a verlo?
-Me animé a organizarlo a un año de la muerte de mis abuelos. El día que nos encontramos (24 de agosto de 1983) quedamos en vernos para almorzar en el Hotel Claridge. Le pedí a mamá que me acompañara. Tenía miedo, nervios, emociones encontradas. Lo más bizarro fue que lo que yo había imaginado como un encuentro sereno, almorzando, hablando para empezar a conocernos, resultó un almuerzo a las corridas por la noticia del secuestro de Guillermo Patricio Kelly (político y activista), y terminé sentada a su lado en el estudio de Radio Belgrano. Me presentaba a todo el mundo ¡y yo no entendía nada! Los días siguientes no fueron fáciles: qué presentación con las madres de mis hermanos, con mis hermanos, con... un sube y baja de emociones. Con el tiempo y lentamente las cosas se empezaban a ordenar.
-¿Cuándo y cómo fue el momento en el que reunió a sus padres para cerrar heridas?
-Había dos relatos de la historia muy distintos y por mi salud emocional necesitaba de manera indispensable ordenarlos. Propuse una reunión de los tres a pocos meses del primer encuentro. No fue fácil escuchar: en un momento se olvidaron de que yo estaba presente y se dijeron cosas muy dolorosas que me ayudaron a entenderlos, a comprender que cada uno hizo lo que pudo y con las herramientas que tuvo, ya que fueron obligados por las circunstancias y por una familia ultraconservadora y autoritaria como la de mamá que los obligó a tomar decisiones no deseadas.
-Digamos que a partir de allí, ¿los perdonó?
-Mirá, a medida que los años pasan y uno crece puede empatizar más y amarlos y respetarlos, porque ellos no fueron responsables ni culpables. A mí no me gusta colocarlos ahí: hay que comprender, ponerse en sus zapatos y entender. Obviamente que me enojé, lloré y sufrí, pero pude correrme de ese lugar y hablar mucho con los dos, preguntar y expresarles mi dolor. La charla, el encuentro y la discusión con respeto y altura son el mejor remedio, porque sanan el alma... Hay rasgos, gestos o gustos que se heredan incluso a la distancia.
-A propósito de heredar y a partir del primer encuentro con su padre, ¿descubrió que compartía rasgos distintivos, manías, sensibilidades o formas de ver el mundo como él, pese a no haber crecido juntos?
-Ufff, empezando por el inocultable parecido físico, jajajá. Nunca me lo pregunté, siempre tuve mucha personalidad, armé mi camino profesional, pero al encontrarme con él pude descubrir las cosas que teníamos en común y las que le heredé. Antes del reencuentro muchas veces me preguntaba por qué hacía cosas que nadie de mi familia hacía, o que me gustaban, y al conocerlo descubrí que venía de ahí. Para el caso, disfrutar de una buena cena, por ejemplo. Mi padre me enseñó algo maravilloso: a comer lo que tuviese ganas a cualquier hora. Recuerdo que un día me pasó a buscar para salir a pasear un rato por el Barrio Chino, que estaba naciendo. Entramos a un restaurante y me preguntó: "¿Qué querés comer?". "Papá, ¡son las cinco de la tarde, hora de tomar el té!", le respondí sorprendida. Entonces me miró con esa sabiduría que tenía en sus ojos y mandó: "Pero, ¿quién dispuso que a esta hora vos tenés la obligación de tomar el té? ¿Y si andás con ganas de disfrutar una comida? ¿Quién te lo prohíbe?"… Fue la mejor clase de libertad que recibí en mi vida.
-A partir del definitivo reencuentro, ¿qué fue lo primero que entendió usted de él en ese primer momento de adultos que antes no alcanzaba a comprender?
-Que sus hijos no habían sido prioridad para él. Me lo reconoció de grande, en un almuerzo. Y lo comprendí, porque si bien nunca quiso ser padre, cuando sus mujeres quedaron embarazadas, se hizo cargo. Que el amor de la vida de mi padre fue, es y sería su profesión, su trabajo. Esa felicidad en su cara cuando elegía la música, cuando entraba al estudio, leyendo sus libros, no la voy a olvidar nunca. Era su productor, director y operador. Un ser libre que amaba lo que hacía. Cuando lo que amaba lo abandonó, él se aisló del mundo real.
-Fuerte escuchar de su propia voz que los hijos no habían sido su prioridad, ¿verdad?
-Absolutamente, por eso pienso que el reencuentro logró cerrar heridas y darle sentido a aquella ausencia. Tuvimos el tiempo para grandes charlas, discusiones, encuentros y desencuentros, pero mi padre era honesto y decía lo que sentía, y no sabés lo que te ayuda eso. Luchaba contra la hipocresía en todos los aspectos de la vida y eso es bueno para sanar porque no hay vueltas, vas directo a pesar del dolor que ocasione en el momento de planteo. Se lo agradeceré siempre porque era el camino: la mentira lo único que logró fue atrasar la aparición de la verdad. Es la mejor herencia que recibí de mi viejo. Lo que me pasó en la vida fue una historia compleja. Gracias a que tuve una buena terapeuta logré cerrar el círculo, entendiendo que con las herramientas que contaron hicieron lo que pudieron. Los amo, los respeto y les agradezco todo lo aprendido.
-¿Se pudo despedir de los dos en paz?
-En paz y con amor, hablando todo lo necesario y saldando las cuentas.
"De mi abuela Marta, sí, sí, sí", afirma convencida cuando se la mencionamos. E ilustra un tanto modesta: "Según mi papá, yo heredé de su madre el buen gusto por la ropa y cierta capacidad para saber combinar los colores. Ella había sido una modista de la alta sociedad en Perú, en Lima. Era una india peruana muy hermosa, a la que yo conocí ya con su pelito blanco. ¡Un espectáculo en presencia! Así la conocí yo, y ahí entendí todo, especialmente el placer que me provoca asistir a una mujer para que se sienta bella y segura de sí", ilustra Gabriela, por primera vez relajada durante la conversación.
-¿La Abuela del Lujo Silencioso?
-(Lanza una sonora carcajada). Podría decirse. Debieron pasar varias décadas para rendirle el homenaje que siempre mereció. Porque La Señora del Lujo Silencioso terminó convirtiéndose en estos días en una manera de hablar, desde otro lugar, de moda, estilo, belleza y consumo: a partir de la identidad, la elección y la autenticidad. Lo cierto fue que la comunidad lo adoptó de manera inmediata y empezó a reconocerme como La Señora del Lujo Silencioso.
-¿Al punto que la cuenta de IG de La Señora del Lujo Silencioso le viene corriendo de cerca a la de su propietaria real de Gabriela Guerrero Marthineitz? Como si se tratara de las cuentas de Mujer Maravilla y Diana Prince.
-¿Viste? Me pasa encontrarme con chicos en la calle que se acercan y me dicen: "Perdóneme que la moleste, ¿usted no es La Señora del Lujo Silencioso?". Sucedió incluso en Tucumán, cuando fui a los Martín Fierro Federal: en plena alfombra roja, me reconocieron y preguntaron, entre divertidos y tímidos, si yo lo era. Me causa muchísima gracia, pero también me parece profundamente tierno.
-¿Qué recuerdos o imágenes de su primera infancia intuye que empezaron a despertar su sensibilidad hacia la estética, el diseño y el periodismo?
-Si bien en la casa materna, donde me crié, siempre estuvieron presentes la música y el baile, la ropa guardaba un protagonismo especial. Mi familia asistía a galas en el Club Español y contaba con palco en el Teatro Colón. Siempre íbamos con mi abuela a comprar telas a casas como Mariages o José y después a la modista para que nos confeccionara los vestidos que cada una de nosotras luciría en los eventos. Luego en casa se bordaban con piedras, que era un hobby de mi tía. Ya de grande, mamá estudió alta costura con los históricos Donato Delego y Ángel Pedro Lagarrigue y me confeccionaba los trajes y tapados que usaba cuando trabajaba en una joyería de Avenida Alvear. Lo del periodismo estaba bastante escondido, porque esa parte no la conocí hasta que me reencontré con mi papá y me llevó por primera vez a los estudios de la radio y la tevé.
-¿Cuál sería la definición del concepto "lujo silencioso" en voz de su difusora, que parece haber pasado de tendencia a filosofía de vida? ¿Qué diferencia a la verdadera elegancia de la simple ostentación?
-Lujo silencioso no tiene que ver con las marcas ni con ostentar, sino con lo auténtico, con el estilo, con elegir desde un criterio entendiendo que el verdadero lujo se encuentra en aquello relacionado con uno, con lo que tiene sentido para uno.
-¿En una frase?
-El lujo silencioso es elegir con criterio en época de exceso. La verdadera elegancia no grita una marca, no muestra ostentación. La verdadera elegancia es lograr tener un estilo propio, respeto por el otro y vestir con calidad. Para esto no se necesita mucho dinero, sino tiempo: para conocerte y buscar quién sos y qué imagen querés mostrar al mundo.
-¿Qué características debe tener una prenda o un material para ser considerado por usted "lujo auténtico", sin necesidad de mostrar un logo gigante?
-Necesita algo que estamos abandonando, y es educarnos para saber de calidad, de confección, de conciencia. Contar con diez remeras baratas no es negocio. Se compra sin pensar qué hay detrás de ropa tan barata, olvidando que venimos destruyendo el planeta con el consumo excesivo. En varias ocasiones, detrás hay trabajo esclavo, y por delante, basurales de ropa que crecen sin parar. Lo más contradictorio es que muchas personas que consumen los famosos ultra fast fashion son las mismas que hablan y dan discursos en diversos espacios sobre sustentabilidad, derechos humanos o cuidado del ambiente, o se quejan de los grandes cambios climáticos.
-En un mercado saturado de moda rápida y tendencias de redes sociales, ¿cómo se sostiene una propuesta donde prima la intemporalidad?
-Necesitás criterio y personalidad, algo que hoy se viene perdiendo. Vas por la calle, a un evento y ves personas vestidas igual, peinadas igual, con caras iguales, bocas iguales. La globalización mató la exclusividad. Antes para usar una cartera Chanel necesitabas viajar a París. Ahora con un click la tenés, o te resuelve el tema una imitación: son tan buenas que no es necesario gastar tanto en una original. La exclusividad cada vez es más difícil de conseguir.
-Observando su propio placard y su carrera, ¿cómo fue mutando su relación con la moda hasta llegar a esta sobriedad refinada?
-Hace varios años guardaba mucha ropa en mi placard. La mayoría no la usaba, ya no tenía que ver conmigo y comprendí que en algo había cambiado. La saqué toda, la puse en el living de mi casa y empecé a separar, apuntando a lo que realmente me identificaba en ese momento de mi vida. Cuando terminé comprobé que quedaba una cuarta parte: entonces entendí que era lo que me representaba y no lo que imponía la moda o la sociedad.
"Si tuviera que recorrer mi carrera en un veloz párrafo -acepta el desafío que le plantea GENTE-, diría que en la actualidad hago asesoría de imagen en la gerencia de Relaciones Institucionales y Prensa de RTA (Medios Públicos), que he manejado PR para corporaciones y que me muevo como pez en el agua organizando eventos empresariales y sociales. Empecé al lado de la genia de Ada De Maurier -detalla-, antes de su partida a New York, y pasé por Antoniazzi & Chiappe -hoy ya extinta- y la difusión de obras teatrales en los Noventa. Trabajé con Alberto Sanders y Sentéz. ¿El presente? Acompaño a Nicolás Zaffora y su marca Zaffora Bespoke, Claude Benard, Luna Garzón y a la firma mexicana Chocolatería 52. Más allá de definirme como comunicadora, soy una estudiosa de la conducta humana que se alimenta permanentemente de la observación y la escucha activa. Arranqué en radio frente al micrófono casi de carambola, empujada por mi querido amigo Gustavo Tubio. No me animaba, el peso de la herencia era gigante, pero él logró que la mochila dejara de agobiarme. Más tarde nos propusieron crear con mi socia, Paula, el ciclo Pura sangre, dos años en Radio Cultura y un par más en Radio Late", sostiene la periodista, relacionista pública, productora y coach en imagen y desarrollo de equipos antes de respirar profundo cuando se la invita a tocar temas personales.
Es que, experimentada en cuestiones de exposición-bajo perfil (a su indudable experiencias nos venimos remitiendo desde el comienzo), Gabriela Guerrero Marthineitz no avanza demasiado cuando le preguntamos a boca de jarro sobre cuál es en la actualidad su estado civil, quiénes acompañan sus horas en los tiempos que corren y demás datos personales: "Me encuentro en armonía y siempre tratando de estar mejor, aprendiendo día a día, con una hija, Josefina, y muy buenos amigos a mi lado… Y así nomás está bien", evita con elegancia -a su estilo- la repregunta. "Ahora, si querés saber por qué en la sociedad actual vestirse de forma discreta y sobria se convirtió en el mayor símbolo de poder y estatus, te lo cuento", reacciona de manera repentina volviendo al tema que más la apasiona.
-¿Por qué sería? -aceptamos su desafío.
-Si nos remontamos a décadas anteriores a los Noventa, la sociedad era discreta, buscaba prendas de calidad, buenas telas, buena confección, materiales nobles en todo, incluyendo una buena cartera y un buen par de zapatos y un toque final con accesorios de calidad. Después, sí, efectivamente llegaron los Noventa con logos grandes, la ostentación de una sociedad en la que el dinero cambió de mano y a aquellos que lo recibieron les gustaba mostrarlo. Hoy estamos volviendo a la sobriedad por dos motivos. Uno, para querer diferenciarse del aspiracional, y segundo, para elegir poco pero de excelente calidad. Lo podemos observar en las alfombras rojas: cuando aparece un vestido de alta costura, buena realización y excelente calidad en la tela, sobresale por encima de los demás. Mirá la última alfombra roja de los Premios Martín Fierro de la Moda: a medida que iban ingresando las celebrities, veías bastante poliéster, costuras desprolijas, ruedos sin terminar, hasta que aparecieron Pampita con un Carolina Herrera que gritaba calidad y excelencia, y los diseños de Gabriel Lage en Juana Viale y Mariana Fabbiani.
-¿Quiénes son hoy para usted la mujer y el hombre mejor vestidos de Argentina?
-Ella, Rossella Della Giovampaola. Sabe cómo, cuándo y por qué; usa color y me encanta. El hombre, Iván de Pineda, un embajador del lujo silencioso; busca calidad en su máxima expresión y la encuentra en Nicolás Zaffora.
-¿Y de ayer? ¿Leyendas?
-¡¡¡Hay muchas!!! Pero una que nunca dejo de mirar en fotos y películas: Audrey Hepburn siempre mantuvo su elegancia y estilo. En su juventud y en su madurez. Fue coherente hasta el último día de su vida. La preferida de Hubert de Givenchy y su gran amiga. Otra de las leyendas, Lady Di. Inolvidable, comunicaba como nadie con su vestuario. Entre ellos, pondría a George Clooney, que tiene estilo y lo mantiene a través de los años. Tal sostuvo alguna vez Mónica Cahen D'Anvers sobre Alain Delon, Clooney es "como los vinos: cuanto más añejo, mejor".
-Si pudiera viajar en el tiempo para destacar el estilo de una figura histórica de nuestra cultura o la TV, ¿a quién elegiría?
-De nuevo a la princesa Diana. Me hubiese encantado poder entrevistarla. Y a Zully Moreno... Si no la conocen busquen sus fotos, era extraordinaria.
-¿Cuál es el error más común, el "pifiazo" estético que ves repetir todo el tiempo en las red carpets?
-Los tratamientos estéticos justo antes de un evento. Muchas veces, por querer llegar perfectas, terminamos consiguiendo el efecto contrario. Hay recursos de maquillaje que pueden ayudarnos un montón sin necesidad de modificar nuestras facciones.
-¿Hay algún político o política argentino que entienda el poder del lujo silencioso al vestir?
-No encuentro ahora un ejemplo concreto que me parezca comparable. En su momento, Juliana Awada fue una excelente embajadora de la moda argentina. Creo que dejó una vara muy alta y va a ser muy difícil superarla.
-¿Son elegantes las argentinas de a pie?
-Las mujeres argentinas eran sumamente elegantes y un ejemplo para el mundo. Sobresalían en cualquier parte, adonde asistieran. Eso se perdió con la pandemia, con las crisis económicas y con la destrucción de la matriz educativa. Claro, menos herramientas para detectar la calidad, desarrollar un estilo propio y tener coherencia a la hora de vestir. Por lo que puedo ver en las calles, algo está cambiando, aunque muy despacio. Y entiendo que también se relaciona a la llegada de mujeres centroamericanas: la argentina se puso las pilas porque empezó a sentir que podía quedar fuera de circuito.
-El fetiche prohibido: ¿Existe alguna prenda o tendencia masiva que odie en secreto aunque esté de moda?
-Las zapatillas. Me parece que cada calzado tiene su momento y su función. Las zapatillas son maravillosas para determinadas ocasiones, pero no creo que deban convertirse en el uniforme cotidiano para absolutamente todo. ¡No todo necesita resolverse con zapatillas!
-El consejo definitivo... Para alguien que quiere empezar a construir una imagen personal más sofisticada hoy mismo sin gastar una fortuna, ¿cuál es la primera regla de oro?
-Date tiempo para buscar tu estilo. No sigas tendencias ni adquieras lo que se ve puesto en otras personas. Cada una de nosotras es única e irrepetible. Mirá hacia adentro y buscá cuál es tu mejor versión. Cuando sabés quién sos, el resto es fácil. Además, así vas a ir más segura por la vida.
-Si debiera resumir la firma estética de Gabriela Guerrero Marthineitz en una sola frase, ¿cuál sería?
-La Señora del Lujo Silencioso, claro -cierra volviendo a guiñar el ojo izquierdo.
Fotos de producción: Chris Beliera
Fotos de álbum: Gentileza de G.G.M.
Agradecemos a Hëme Store (por el espacio y la ropa), Claude Benard (zapatos) y
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Título de la publicación: GENTE Y LA ACTUALIDAD
Nº de Edición: 2714 – Fecha: 05/11/2026
Propietario: ATLANTIDA TECNOLOGÍA S.A.
Director Responsable: Juan Rafael Astibia
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