La filosofía: un buzón (ilustrado)
Las preguntas de nuestros ocasionales lectores siguen siendo mejores que las respuestas que ensayamos. Hoy seleccionamos tres.La fruta del dragón. Estimado Profesor: mi hijo vino a casa con una fruta…
Resumen para apurados
Las preguntas de nuestros ocasionales lectores siguen siendo mejores que las respuestas que ensayamos. Hoy seleccionamos tres.
La fruta del dragón. Estimado Profesor: mi hijo vino a casa con una fruta que parecía una pesadilla de loco, rosada y con escamas verdes, que llamaba «fruta del dragón». Carísima. Le dije que preferiría unos buenos nísperos, pero rara vez vi que se ofrezcan en las verdulerías. Luján, de calle Thames.
Estimada: siendo filósofo su pregunta me supera en el aspecto botánico, pero puedo darle una pista desde lo ideológico: el nombre invita a pensar en Oriente, pero la "fruta del dragón" es más americana que la papa y el maíz. Es pariente (distante si se quiere) de nuestra conocida tuna. Las dos son cactáceas, aunque de géneros diferentes (la tuna es Opuntia; la del dragón, Selenicereus, un cactus trepador que crece desde México hasta el Perú). Siguiendo la metáfora familiar, es como un primo que viene de Buenos Aires y llama la atención de la parentela.
Respecto del níspero, tal parece que tiene características que hacen que sea muy cara su manipulación porque se pasa rápido (en paises que lo cultivan en serio hay que embalarlos en cajas con almohadillas de goma espuma). Un tema de nuestra cultura despunta: aunque no aparezca en las verdulerías, todos los años sabemos perfectamente cuándo comienza la temporada y es cuando uno ve a un chico trepado al árbol del vecino. Es un sistema de distribución bastante antiguo, que funciona sin intermediarios, etiquetas ni cadena de frío. Y, en la mayoría de las ocasiones, sin permiso del propietario.
Las malas palabras. Profesor: ¿Por qué la gente dice malas palabras cuando se golpea? ¿De qué sirve insultar, digamos, a un mueble? José, de Zona Sur.
Estimado: efectivamente suena raro insultar a la silla contra la que golpeó el dedo chiquito del pie. No va por ahí la cosa. Es más bien cierto efecto de descarga. Hace unos quince años se hizo un experimento que no debe usted emular. Hicieron que un grupo de "voluntarios" mantuviera las manos en agua helada, y les pidieron a unos que insultaran y a otro grupo que no lo hagan sino que dijeran otra cosa, supongamos algo de poesía rusa. Los primeros habrían sido amplios ganadores en resistencia a las agujas del frío en la mano: aguantaron en promedio medio minuto más. Pero ¡Atenti!: siguieron con las investigaciones y descubrieron que los que eran asiduos malhablados tenían menos beneficios que los que no suelen utilizar malas palabras (Stephens y Umland, The Journal of Pain, 2011). Es decir, tal parece, las malas palabras pueden funcionar como ciertos buenos medicamentos: su abuso va en detrimento de su efectividad.
Y aquí conviene traer al siempre genial científico y filósofo Georg Christoph Lichtenberg, físico de la segunda mitad del siglo XVIII, que a la vez que investigaba la electricidad llenaba cuadernos privados sin la menor intención de publicarlos. Nietzsche los puso entre los pocos libros alemanes que merecen leerse una y otra vez. En fin, ahí anotó una intuición sobre los insultos que es una joya. A saber: "ya no le pegamos a la mesa con la que nos golpeamos (como hacen los niños), pero para otros golpes parecidos inventamos la palabra destino, que solemos maldecir" (J 1666). Porque, agrega, no somos más que niños de edad avanzada. De modo que el alivio que usted siente al insultar a la silla parece ser el mismo que busca cuando maldice por algunos hechos feos que le hayan tocado en la vida. El destino, entonces, es la silla que no se puede patear pero que podemos insultar. Pero no siempre porque se puede convertir en un amargado. De vez en cuando, para que funque bien.
Las cosquillas. Profesor: ¿Por qué no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos? Valentina.
Querida: Lo acabo de intentar y solo conseguí provocar risas a mi alrededor. Convencido de esa imposibilidad, emprendí una pequeña investigación a fin de reparar la poca dignidad que me queda. Resulta que, para nuestra alegría (¡ja!), la pregunta se remonta a los comienzos de la filosofía. Hace más de dos mil años, en una obra atribuida al mismísimo Aristóteles, se plantea exactamente el mismo problema: ¿por qué nadie puede hacerse cosquillas a sí mismo? (Problemas XXXV, 6, 965a, en el libro dedicado a los efectos del tacto). La respuesta que arriesga es que, cuando sabemos de antemano que vamos a recibir cosquillas, las sentimos menos. En el límite, nadie puede sorprenderse a sí mismo.
Todo siempre quizás.
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