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Karma, el concepto oriental que se instaló en todo el mundo
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Karma, el concepto oriental que se instaló en todo el mundo

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Redacción
domingo, 30 de agosto de 2026 · 10:19 a. m. hs · 5 min
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El concepto del karma es uno de los pilares más influyentes y, a la vez, incomprendidos de la filosofía oriental.

Comúnmente asociado con la venganza cósmica o el destino inevitable, su verdadero significado es mucho más profundo, pragmático y liberador.

Originado en las tradiciones espirituales de la India, como el hinduismo, el budismo y el jainismo, el karma es esencialmente la ley universal de causa y efecto.

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No se trata de un sistema de castigo divino, sino de un reflejo natural de nuestras propias acciones, pensamientos y palabras en el tejido de la realidad.

La palabra "karma" proviene del sánscrito y significa literalmente "acción" o "acto". En su sentido más amplio, abarca no solo el movimiento físico, sino también la intención mental y la expresión verbal.

La premisa fundamental es simple: cada acción genera una fuerza de energía que regresa a nosotros de la misma forma. Es el equivalente espiritual de la tercera ley de Newton, que establece que a toda acción corresponde una reacción igual y opuesta.

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Así, cultivar bondad produce experiencias armoniosas, mientras que sembrar negatividad genera sufrimiento futuro.

Para comprender el karma, es crucial desvincularlo de la idea de un juez celestial. En las filosofías orientales no existe una deidad que premie a los buenos y castigue a los malos a través del karma.

El proceso es completamente impersonal y autónomo, funcionando de manera similar a las leyes de la física. Si plantas una semilla de manzana, crecerá un manzano, no un peral. De la misma manera, si actúas con codicia, cosecharás escasez espiritual, no por un castigo, sino por la naturaleza misma de tu elección.

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Un componente vital y a menudo ignorado del karma es la intención (conocida como cetana en el budismo). Una acción físicamente idéntica puede tener consecuencias kármicas radicalmente opuestas según la motivación detrás de ella.

Por ejemplo, si un cirujano corta a una persona para salvarle la vida, el karma generado es sumamente positivo. Si un agresor realiza el mismo corte con la intención de dañar, el karma es destructivo.

La mente y el propósito definen la cualidad de la semilla que se siembra.

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Categorías

El pensamiento oriental divide tradicionalmente el karma en tres categorías temporales para explicar cómo se despliega a lo largo de la existencia.

La primera es el Sanchita Karma, que representa el almacén total de todas las acciones pasadas acumuladas que aún no han dado fruto.

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La segunda es el Prarabdha Karma, que es la porción de ese total que ya ha madurado y se manifiesta como las circunstancias actuales de nuestra vida presente, como la genética o el entorno natal.

La tercera es el Agami Karma, que consiste en las acciones que realizamos en el presente y que moldearán nuestro futuro.

Esta estructura tridimensional introduce el concepto de la reencarnación o el ciclo del samsara. Desde esta perspectiva, el alma viaja a través de múltiples vidas, llevando consigo el registro kármico.

Los eventos inexplicables de la vida actual, como tragedias inesperadas o golpes de fortuna, se explican a menudo como la maduración de semillas plantadas en existencias anteriores.

El tiempo cósmico opera en una escala mucho mayor que la breve expectativa de una sola vida humana. A pesar de lo que muchos creen, el karma no promueve el fatalismo. Decir "es mi karma" como una excusa para rendirse ante el sufrimiento es una interpretación errónea de la doctrina.

Aunque el pasado determina nuestras circunstancias presentes (el marco de la pintura), nuestras decisiones actuales determinan lo que pintamos dentro de ese marco. El karma es una herramienta de responsabilidad absoluta; nos saca del rol de víctimas de la mala suerte y nos convierte en los arquitectos activos de nuestro destino.

En el budismo, el objetivo final no es simplemente acumular "buen karma" para obtener vidas futuras placenteras, sino trasceder el karma por completo. Tanto el buen karma como el mal karma mantienen al individuo atado al ciclo del sufrimiento y el renacimiento.

La liberación, o nirvana, se alcanza cuando se actúa desde un estado de desapego total y sabiduría, realizando acciones puras que no dejan residuos kármicos, rompiendo finalmente la cadena de causa y efecto.

En psicología

La psicología moderna ha encontrado paralelismos notables con esta filosofía a través de la conducta humana.

El psicólogo Carl Jung afirmaba que lo que no hacemos consciente en nuestro interior regresa a nosotros desde el exterior en forma de destino. Cuando repetimos patrones autodestructivos debido a traumas o hábitos inconscientes, estamos experimentando una forma de karma psicológico.

Cambiar nuestras respuestas mentales ante los estímulos del entorno es el equivalente moderno de limpiar nuestro registro kármico.

En la sociedad contemporánea, la frase "lo que siembras, cosechas" resume la ética del karma de forma accesible.

Vivimos en un mundo profundamente interconectado donde nuestras decisiones individuales impactan la colectividad.

El karma nos invita a desarrollar una conciencia despierta y a evaluar las repercusiones a largo plazo de nuestro estilo de vida, consumo y relaciones.

Cada pensamiento de odio o de compasión altera sutilmente el campo energético que compartimos con los demás.

Finalmente, el verdadero significado del karma es una invitación a la evolución espiritual.

No es un sistema diseñado para hacernos sentir culpables, sino para despertarnos al poder de nuestra propia voluntad.

Nos enseña que la justicia no es algo que debamos esperar del exterior, sino un orden intrínseco del universo.

Al asumir la responsabilidad de cada pensamiento y acto, recuperamos el poder de transformar nuestra realidad y construir un futuro de paz.

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Leer la nota original en El Esquiú
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