
"Hoy no hay espacio para las emociones desagradables"
La psicóloga Aimaretti analizó situaciones en las que el malestar emocional se convierte en señal de alarma y sus consecuencia
Argentina cerró 2025 con 5.209 suicidios, la cifra más alta de la serie analizada, y una tasa de 11,8 casos cada 100.000 habitantes mayores de 5 años, según un informe del Observatorio de Política Criminal (OPC) basado en registros del Sistema Nacional de Información Criminal (Snic) del Ministerio de Seguridad Nacional.
El dato implica un aumento del 57,7% frente a 2017, cuando se habían registrado 3.304 casos. Así, el suicidio se convirtió en la principal causa de muerte violenta entre adolescentes y jóvenes de 15 a 34 años, por encima de los siniestros viales. En lo que respecta a Jujuy, el informe detalla que la tasa fue de 9,3 cada 100.000 habitantes en 2025, quedando por debajo del promedio nacional.
Para la psicóloga Paula Aimaretti, especialista en Psicoterapia Contextuales y cofundadora de Psiconoa, los números deben leerse más allá de las conductas individuales. Desde las ciencias conductuales contextuales, explicó que las personas están atravesadas por variables sociales, económicas, políticas y culturales. En esa línea, mencionó la precariedad laboral, la incertidumbre sobre el futuro y las exigencias que circulan en redes sociales.
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Según Aimaretti, la cultura actual instala una idea de felicidad permanente, asociada a la comparación, al perfeccionismo corporal, al consumo y a la necesidad de mostrar que todo está bien. "Hoy no hay espacio para las emociones desagradables", ejemplificó. Así, tristeza, ansiedad o miedo, que pueden ser respuestas esperables ante determinadas circunstancias, terminan interpretándose como una falla que debe ser eliminada.
En esta línea, puso el foco especialmente en la franja de 15 a 34 años ya que es una etapa en la que las personas suelen proyectar una familia, una vivienda y estabilidad económica, pero en un contexto de incertidumbre esas expectativas pueden resultar difíciles de imaginar. Ante esta situación, la especialista explicó que el problema aparece cuando el sufrimiento se vive como algo que no debería estar allí y no como parte posible de la experiencia humana y en ese intento de evitarlo a cualquier costo "algunas personas pueden llegar a pensar que dejar de vivir es la única manera de dejar de sufrir", advirtió.
Consultada sobre la falta de políticas públicas y recursos suficientes para abordar la salud mental, Aimaretti consideró necesario enseñar habilidades para reconocer y regular las emociones. "Hoy la terapia termina siendo casi una cuestión de privilegio", dijo al advertir que los dispositivos existentes no siempre cuentan con recursos para atender toda la demanda.
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A esto sumó otro factor detectado frecuentemente en los consultorios: la soledad. Explicó que, aunque las tecnologías permiten mantener contacto, también pueden reducir el encuentro presencial y el apoyo emocional. "Nosotros somos seres sociales", remarcó detallando que la necesidad de cuidado y vínculo permanece durante toda la vida. Por eso, el aislamiento y la falta de redes de contención pueden profundizar la vulnerabilidad.
Particularidad cultural
Analizando a Jujuy dentro del contexto nacional, Aimaretti identificó una particularidad cultural que es el peso del "qué dirán". Desarrolló que el temor al juicio ajeno puede llevar a muchas personas a esconder sus emociones, evitar pedir ayuda o aislarse para no quedar expuestas a críticas. En esta línea explicó que la vergüenza está vinculada con la necesidad humana de pertenecer, pero determinadas características culturales pueden hacer que ese temor tenga un peso mayor.
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La especialista también advirtió sobre las dificultades que tienen las personas que viven en localidades alejadas de la capital, donde el acceso a profesionales de la salud mental, a la educación formal y a información sobre salud mental puede ser más limitado.


Ante este preocupante escenario consideró fundamental trabajar en la comunidad, con charlas y talleres que permitan hablar de las emociones, reconocer señales de alerta y saber a qué profesional o institución recurrir.
Acompañamiento y prevención
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La principal preocupación de Paula Aimaretti es que la vida de los adolescentes pueda empezar a ser percibida como algo descartable, de la mano de una cultura de consumo que busca respuestas rápidas. "Se perdió esa visión del esfuerzo para una vida mejor en el largo plazo", consideró. Para la psicóloga, recuperar la capacidad de tolerar el malestar y construir proyectos requiere volver a poner en discusión los valores, los vínculos y la vida que cada persona quiere construir. También se refirió a la importancia de la prevención, qué hacer cuando alguien manifiesta pensamientos suicidas.
Al respecto, Aimaretti explicó que lo primero que hay que hacer es escuchar sin juzgar y validar lo que la persona está sintiendo. Después, es necesario evaluar el riesgo. Si existe un plan concreto, medios disponibles o si la persona no puede ser contenida, indicó recurrir a profesionales de salud mental, servicios de emergencia o una guardia. La misma recomendación vale para familiares, amigos o compañeros que reciben una confesión de este tipo. En especial entre adolescentes puede aparecer el pedido de "no se lo digas a nadie" y el temor a traicionar la confianza. Sin embargo, ante un riesgo para la vida es necesario buscar ayuda y compartir la situación con un adulto responsable o con profesionales.
La prioridad es proteger a la persona y no dejar sola a quien recibió la confidencia. Para la especialista, la prevención también implica que las comunidades conozcan las señales de alerta. Por eso insistió en charlas y talleres donde se pueda hablar de las emociones antes de que una crisis alcance un punto extremo.
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Frente al crecimiento de los indicadores nacionales, Aimaretti propone evitar tanto la indiferencia como el miedo y que los números deberían abrir una conversación sobre las condiciones en las que se vive, los vínculos y las herramientas disponibles para atravesar el dolor y remarcó que el suicidio nunca es una alternativa al sufrimiento porque existen otras formas de vincularse con aquello que duele.
"Ante el sufrimiento emocional extremo el suicidio no es una alternativa porque no hay vuelta atrás. Siempre habrá formas de vincularnos con el dolor de una manera diferente que nos permita encontrar nuevas vías para vivir de manera digna. Poder ver que las cifras están creciendo, es una invitación a detenernos y preguntarnos cómo queremos vivir", concluyó.
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