
¿Fue la final del Mundial 2026 el último capítulo de la "Scaloneta"?
Llegó cuestionado, armó un grupo que volvió a creer y construyó la etapa más exitosa de la Selección sin buscar nunca el centro de la escena. Scaloni afrontó frente a España otra final que convirtió su historia en leyenda. "Hasta diciembre voy a estar, después será complicado", c…
Resumen para apurados
Lionel Scaloni acababa de perder su primera final como entrenador de la Selección. España había terminado con el sueño del bicampeonato mundial y los futbolistas todavía intentaban procesar una derrota que llegaba después de ocho años de conquistas, reconstrucción y pertenencia. Sin embargo, en medio de ese dolor, el entrenador dejó una frase que abrió una inquietud todavía más profunda que el resultado.
"Con respecto a mí, voy a hablar con el presidente, tengo una idea de lo que quiero hacer, cumpliré el contrato y después veo", expresó. "Hasta diciembre voy a estar, después será complicado", dijo horas más tarde.
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No fue la primera vez que Scaloni insinuó que su continuidad no estaba asegurada. Ya había deslizado una reflexión similar después de una victoria frente a Brasil por las Eliminatorias. Pero esta vez el escenario fue diferente. No habló después de otra consagración ni luego de una noche perfecta. Lo hizo con la medalla de subcampeón todavía fresca y después de comprobar que, incluso dando todo, esta Selección también podía perder.
Por eso sus palabras no sonaron como una reacción impulsiva. Parecieron la exteriorización de una duda que lo acompaña desde hace tiempo: cuánto más puede exigirle a un grupo que ya alcanzó casi todo y cuánto más puede ofrecer él después de haber construido uno de los procesos más exitosos de la historia del fútbol argentino.
En ocho años al frente de la Selección, Scaloni dirigió más de un centenar de partidos, ganó cerca del 67% de ellos y levantó cuatro títulos oficiales: la Copa América 2021, la Finalissima 2022, el Mundial de Qatar 2022 y la Copa América 2024. También condujo al equipo hasta una nueva final del mundo en 2026.
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Pero su ciclo no puede explicarse únicamente a través de las estadísticas. Scaloni nunca dirigió para que hablaran de él. Dirigió para que hablaran de Lionel Messi, de Emiliano Martínez, de Julián Álvarez, de los jóvenes que aparecieron cuando nadie los esperaba. Mientras el fútbol buscaba permanentemente una figura excluyente, él construyó una historia en la que el protagonista siempre era otro.
Esa decisión explica su conducción mucho mejor que cualquier sistema táctico. Cuando Argentina conquistó Qatar y volvió a ganar la Copa América, repitió casi el mismo ritual. Se abrazó con Walter Samuel, Pablo Aimar y Roberto Ayala, dejó que los futbolistas corrieran hacia las tribunas y esperó a un costado. Nunca pareció desesperado por ocupar el centro de la escena.
En Nueva Jersey su comportamiento fue distinto, aunque conservó la misma esencia. Apenas terminó la final, intentó separar a los futbolistas argentinos de algunas escaramuzas con los españoles. "Dimos todo y es muy difícil reprochar algo. Si dejan todo como lo dejaron hoy, es un gran ejemplo para nuestra gente", sostuvo.
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La derrota no modificó su forma de interpretar el juego. Tampoco su manera de proteger al plantel. En el momento más doloroso volvió a colocar a sus futbolistas por delante de cualquier análisis individual.
Esa mirada tiene relación con la carrera que protagonizó como futbolista. Scaloni nunca fue el jugador más talentoso ni el más mediático. Fue el compañero que corría para cerrar espacios, el lateral dispuesto a hacer el esfuerzo que muchas veces no aparecía en las fotografías y el futbolista que entendía el valor de sostener al que tenía al lado. Aprendió a construir desde los lugares donde casi nadie mira. "Se pierde y hay que levantarse otra vez", insistió después de la final.
Cuando asumió una Selección golpeada tras el Mundial de Rusia 2018, con apenas 40 años y sin experiencia como entrenador principal, pocos imaginaron que estaba comenzando una época. Argentina venía de perder tres finales consecutivas entre 2014 y 2016, acababa de sufrir una eliminación traumática frente a Francia y convivía con una desconfianza constante.
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Scaloni no anunció una revolución. Tampoco prometió títulos. Empezó a convocar futbolistas jóvenes, sostuvo decisiones impopulares y formó un grupo que recuperó algo que parecía perdido: el orgullo de representar al país. Los trofeos llegaron después, como consecuencia de una identidad que se construyó antes.
Su mayor virtud nunca fue inventar un esquema. Fue comprender que las estructuras tácticas cambian, pero los equipos permanecen cuando comparten una idea. Argentina ganó finales con cuatro defensores y con línea de cinco. Presionó alto, esperó en bloque medio, dominó desde la posesión y también sobrevivió desde el sufrimiento. Derrotó a campeones del mundo, ganó en tiempo suplementario, se impuso desde los penales y controló partidos desde la autoridad. Incluso en la derrota frente a España compitió hasta el último minuto sin renunciar a su identidad.
Scaloni, además, no armó un equipo para Messi. Construyó un equipo con Messi. Le quitó la obligación de resolver cada partido en soledad y lo rodeó de futbolistas convencidos de que la responsabilidad era colectiva. El mejor jugador del mundo dejó de ser un salvador aislado y se convirtió en el líder de un grupo. En ese contexto encontró la etapa más feliz de su carrera con la camiseta argentina y levantó finalmente la Copa del Mundo.
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Allí aparece el mayor mérito del entrenador nacido en Pujato. Entendió que liderar no significa hablar más fuerte que los demás, sino conseguir que todos crean en la misma idea.
La derrota no la volvió menos cierta. No era una declaración de superioridad. Era la descripción de un recorrido. El de un grupo que aprendió a soportar las críticas, la presión, los triunfos y también los golpes sin perder su identidad. Por eso la duda sobre su continuidad tiene tanto peso. Scaloni no estaría dejando únicamente un cargo. Estaría cerrando una era en la que la Selección recuperó la conexión con su gente, transformó cada concentración en una familia.
La final de Nueva Jersey no tuvo el desenlace que Argentina esperaba, pero tampoco puede borrar ocho años de trabajo. Los grandes ciclos no se miden solamente por el último partido. Se miden por la huella que dejan cuando terminan.
Todavía no hay una decisión tomada. Scaloni hablará con Claudio Tapia y después resolverá qué hacer. Pero, si algún día decide dar un paso al costado, su legado ya no dependerá de un resultado. Se sostendrá en algo mucho más difícil de construir: haber devuelto una identidad a la Selección y hacer que todo un país volviera a creer.
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