
"Farmear Aura": cuando los jóvenes inventan un idioma
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Hay momentos en que una sociedad deja de encontrar palabras para explicar lo que le sucede y, entonces, los jóvenes inventan otras. No necesariamente porque tengan algo nuevo para decir, sino porque las palabras disponibles les resultan viejas, gastadas, demasiado solemnes o, sencillamente, inútiles. Y quizá ahí haya que mirar con cierta atención -y bastante menos condescendencia- el fenómeno de "Farmear Aurea".
Puede parecer una moda absurda, una nueva extravagancia juvenil, una competencia nacida de las redes, otro de esos rituales incomprensibles que los adultos observamos desde afuera preguntándonos qué demonios están haciendo los chicos. Pero detrás de la aparente frivolidad puede esconderse algo bastante más serio: la necesidad de pertenecer, de expresarse, de competir sin destruir al otro y, sobre todo, de encontrar un espacio propio en una sociedad que hace tiempo dejó de ofrecer demasiados espacios para ellos.
Ante la desidia del Estado frente a buena parte de las necesidades juveniles, los jóvenes hacen lo que históricamente hicieron las generaciones cuando nadie les construyó una plaza: inventan una. Cuando no hay canales de expresión, inventan lenguajes. Cuando no hay rituales colectivos, crean los propios. Y cuando la política les ofrece demasiadas veces el espectáculo de la pelea como única forma de participación, ellos pueden terminar armando una batalla donde, curiosamente, nadie necesita ser destruido.
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Por eso, puestos a elegir, casi sería preferible organizar una gran batalla juvenil de "Farmear Aurea" antes que seguir contemplando algunas de las groseras batallas verbales que ofrece la política argentina. Al menos allí los contendientes saben que están jugando. En "Farmear Aurea" el adversario no necesita ser humillado. No hace falta convertirlo en enemigo de la patria, en inútil, en corrupto, en traidor, en idiota o en cualquier otro calificativo que el arsenal contemporáneo del insulto político tenga disponible. Nadie necesita gritar desde un atril para demostrar que tiene razón. Nadie necesita convertir una diferencia de opinión en una guerra civil de bolsillo. Y aquí aparece una paradoja extraordinaria: mientras algunos jóvenes ensayan formas de enfrentamiento donde el otro puede seguir siendo otro, nuestros adultos responsables -los que cobran para conducirnos- parecen haber descubierto exactamente lo contrario.
Basta escuchar algunas intervenciones públicas del Presidente de la Nación para comprobarlo. La discrepancia, en determinados momentos, parece haberse transformado en una provocación personal; el adversario político, en un enemigo moral; y la discusión pública, en una especie de ring donde la primera regla consiste en encontrar una palabra suficientemente hiriente antes de encontrar un argumento suficientemente sólido. Tal vez deberíamos explicarles a nuestros jóvenes que así funciona la política. Y ellos podrían responder, con la sabiduría insolente que suelen tener los adolescentes: "¿Para qué? Nosotros ya sabemos competir sin odiarnos".
Porque hay otra diferencia interesante. En "Farmear Aurea", al menos por lo que muestra esta nueva práctica juvenil, el ganador se lleva algo bastante antiguo y bastante saludable: el aplauso. No el obligado del acto político/partidario. Hablamos del aplauso, sincero y limpio. El adversario, no se queda con una hectárea. No consigue una concesión. No inaugura una empresa. No obtiene una licitación. No acomoda a un pariente. No consigue una caja. No aumenta su dieta. No necesita modificar un presupuesto para justificar su victoria. Se lleva aplausos.
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La política, en cambio, ha logrado convertir el triunfo electoral en una especie de tarjeta de acceso a un universo paralelo donde aparecen tierras, negociados, empresas, concesiones, cargos, privilegios y toda esa extensa familia de beneficios que suele florecer alrededor del poder. Mientras tanto, afuera del palacio, el ciudadano sigue haciendo cuentas con una calculadora que parece diseñada por Kafka.
La contradicción resulta todavía más obscena cuando se observa la distancia entre quienes legislan y quienes trabajan. Diputados que perciben ingresos millonarios mientras una enorme cantidad de trabajadores debe sobrevivir con salarios que no alcanzan para llegar dignamente a fin de mes. Funcionarios de altísimo rango con remuneraciones que se cuentan en millones mientras empleados de los mismos ministerios hacen malabares para que la comida, el alquiler, los servicios y el transporte entren en una misma cuenta. Es curioso: el discurso político suele hablar de esfuerzo, mérito y sacrificio. Pero rara vez el sacrificio comienza por arriba. Y mientras unos discuten cuánto cuesta llegar a fin de mes, otros discuten quién se queda con el poder.


En "Farmear Aurea" no parece haber listas electorales. Nadie llega con una boleta donde previamente haya decidido quién merece existir y quién debe desaparecer. No se sacan los trapos sucios al aire como método de supervivencia. No parece necesario destruir la reputación del contrincante para demostrar la propia superioridad. Nadie necesita voltear al otro para ganar. Quizá porque todavía no descubrieron que, en política, algunas veces la mejor manera de subir consiste precisamente en pisar al que está debajo. Ahí está la verdadera ironía.
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Los jóvenes, esos a los que tantas veces se acusa de estar desconectados de la realidad, inventan una competencia donde el otro puede perder sin quedar convertido en enemigo. Los adultos que deberían enseñarles convivencia democrática transforman cada diferencia en una batalla de trincheras. Entonces uno empieza a preguntarse quién está realmente desconectado: ¿Los jóvenes que inventan una moda incomprensible para los adultos o los adultos que han convertido la democracia en un espectáculo incomprensible para los jóvenes?
Quizá "Farmear Aurea" sea apenas eso: una anécdota pasajera, una tendencia que mañana será reemplazada por otra palabra, otro gesto, otro código. Así funciona la juventud. Pero incluso las modas más efímeras pueden funcionar como espejos. Y este espejo resulta incómodo. Porque detrás de la extravagancia aparece una generación que necesita espacios, reconocimiento, pertenencia y formas de decir "aquí estamos". Y frente a ella aparece un Estado que demasiadas veces llega tarde, llega mal o directamente no llega. Por eso sería bueno mirar el fenómeno sin la soberbia habitual del adulto que cree comprenderlo todo.
Tal vez los jóvenes no estén perdiendo el tiempo. Tal vez estén ensayando una forma distinta de enfrentarse. Una donde ganar no significa necesariamente destruir. Una donde competir no exige humillar. Una donde el adversario sigue siendo una persona. Una donde el premio son aplausos y no propiedades. Una donde nadie necesita una lista para saber quién es amigo y quién enemigo. Y, sobre todo, una donde la batalla termina cuando termina el juego. Sería interesante que la política aprendiera algo de eso.
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Aunque, pensándolo bien, quizá sea pedir demasiado. Porque mientras los Libertarios se pasean en autos importados sin patentes, afilian las necesidades en la clínica privada o no pueden leer de corrido un numero natural; Peronistas que se despellejan los unos a los otros, sacan los trabajos sucios, se bandean de listas en listas; Radicales signan sin la imagen y la honestidad de Raúl Alfonsín; y la Izquierda siga viviendo en la ya antiguas revoluciones de los años 70; después de todo, para aprender a perder sin destruir al otro primero habría que aprender a perder. Y en la política argentina, ese parece ser un talento todavía en peligro de extinción.
(*) Miguel Angel Falcón Padilla es doctor en Filosofía.
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