
Fabricaban barcos en Italia, el hambre los trajo a Tucumán y el Valle de Pomán les dio el vino que soñaban
Augusto Andreatta y su familia cruzaron el Atlántico hace más de 100 años. Hoy su tataranieto produce un dulce natural que fue distinguido por un famoso crítico británico.
Entre finales del siglo XIX y principios del XX, miles de italianos cruzaron el Atlántico en busca de un futuro que su tierra ya no les ofrecía. Uno de ellos fue Augusto Cesare Andreatta, que en 1896 dejó atrás una Europa en crisis para probar suerte en la Argentina. El primer destino de ese joven de 25 años fue Concepción, en Tucumán, pero pronto encontró su lugar en el mundo en el imponente Valle de Pomán, Catamarca.
Oscar Andreatta, su tataranieto, conserva la historia de aquella travesía. "En aquella época, la familia armó algunas fincas con nogales al pie del cerro El Manchao, en Mutquín, y la vid la pusieron más abajo, en Siján. Venían de Paderno del Grappa, en la región del Véneto y la provincia de Treviso, en Italia. Tenían bodegas y barcos, pero la guerra y el hambre los corrió", cuenta a LA GACETA y añade que "en 1921 construyeron la primera bodega industrial grande, de dos millones y medio de litros, que para la época era una de las más importantes de la región".
Ese espíritu emprendedor que aquel joven trajo desde Italia nunca se apagó. Ese mágico rincón catamarqueño, que alimentaba su inspiración, lo impulsó a construir su propia bodega en 1928. De ella surgió el Malveck (ya entonces la bodega ponía el nombre varietal en sus etiquetas, aunque con aquella grafía particular) que marcó el camino a sus sucesores. La impronta del fundador se mantuvo inalterable en cada integrante de la familia. Así, en 1968, la tercera generación decidió dar un salto y construir una nueva bodega en la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca, donde hoy la quinta generación continúa llevando adelante la empresa con la misma pasión, dedicación y entusiasmo con que lo vienen haciendo a lo largo de más de 100 años.
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Oscar no había elegido ser bodeguero. Se recibió de ingeniero mecánico en Córdoba en 1999 y una oferta laboral lo trajo de vuelta a su tierra. Pero el proyecto que Don Augusto había fundado décadas atrás -primero como "Andreatta Hermanos" y luego como "Michango"- llevaba casi una década cerrado, y la idea de reflotarlo empezó a germinar. Su padre aceptó el desafío, aunque le advirtió que no sería fácil.
En 2011, ocho años después de la primera cosecha, Oscar dejó la ingeniería para dedicarse por completo al vino. Tenía una certeza: el terroir daba para más, y él estaba dispuesto a demostrarlo.
Malbec, Bonarda, Syrah y Torrontés llevan la impronta de Siján, ese terroir de suelos aluvionales y pobres ubicado a 150 kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca. Pero fue un vino dulce el que captó la atención de Tim Atkin. El crítico británico, una de las voces más respetadas a la hora de analizar los varietales del Nuevo Mundo, eligió al Michango Andreatta Blanco Dulce Natural 2025 como "Value Dulce del Año" en su "Argentina Special Report 2026", un balance de lo más destacado de la última cosecha.
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Pero llegar a ese reconocimiento no fue una tarea sencilla. "Hace ocho años nos propusimos hacer un vino dulce natural, pero no teníamos la tecnología", admite Oscar. Cambiaron de enólogos, trabajaron el proceso sin descanso y empezaron a participar de los reportes de Atkin para darle visibilidad a la marca. "Es la segunda vez que nos elige. Esta vez nos premió en la categoría 'Mejor Vino Dulce Natural' del año", cuenta y agrega: "Para la bodega y la región tener vinos con más de 90 puntos valida todo el trabajo que hacemos."
Pero la historia detrás de la añada premiada tiene un costado agridulce. "Veinte días antes de que nos den el premio, subí al segundo piso de la bodega a preparar todo en el laboratorio para fraccionar. Los chicos fueron a sacar una muestra del tanque y descubrieron que una soldadura se había roto por los cambios de temperatura. Se derramaron 3.000 litros. Se fueron por la canaleta al desagüe. Nos quedaron solo 1.500 litros del mejor vino dulce que hicimos en nuestra vida", recuerda con el dolor todavía fresco.
El ingeniero asegura que generalmente elaboran entre 4.500 y 5.000 litros. Esa pérdida, que pudo haber sido un golpe mortal, no impidió que el vino sobreviviente recibiera la máxima distinción.
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El vino premiado es un cofermentado, una rareza en su especie. Está compuesto por un 50% de Torrontés y un 50% de Moscatel, variedades que crecen en viñedos de casi 100 años, plantados por los antepasados de Oscar que llegaron desde el noreste italiano. "No elaboramos por separado. La fruta de esa parcela viene toda junta, se cosecha junta y fermenta de la misma manera", explica el bodeguero.
El Torrontés, una de las cepas que mejor se adapta al Noroeste argentino, aporta las notas florales y el Moscatel las frutales, un equilibrio que da como resultado un blanco dulce natural con una identidad muy marcada.
Que el galardón sea para un blanco dulce no es un detalle menor. Llega en un momento en que los vinos "fáciles de beber" están ganando protagonismo en el mercado. "Como se sabe en la industria, hoy la tendencia de blancos dulces está creciendo mucho", señala Oscar. Y su vino no solo se sube a esa corriente, sino que la desborda. "Nunca llegamos a cubrir lo que nos piden, se termina antes del año, y los premios hacen que vuele mucho más rápido", admite. Porque el éxito, confiesa, tiene un lado amargo: nunca alcanza para todos.
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