
En el límite de Tucumán, el Mundial también se juega en la escuela: las maestras vuelven a dedo
En la Escuela N.° 57 de 7 de Abril, el Mundial ya es parte de las clases, los recreos y los sueños de los chicos. Detrás de esa rutina también hay maestras que salen de madrugada desde San Miguel de Tucumán y regresan como pueden.
Resumen para apurados
Dos horas de ruta separan San Miguel de Tucumán de la Escuela N.° 57 Capitán Carlos María Casagrande, en la localidad de 7 de Abril. En ese rincón de Burruyacú, donde el invierno llega entre bancos de niebla, tramos de asfalto deteriorado y camiones cargados de limones que recorren la ruta 34, el Mundial también encontró su lugar.
Hace frío afuera, pero apenas se cruza la puerta de la escuela, llega desde la cocina el olor a pizza recién hecha. En un aula, algunos chicos terminan de pintar las banderas de las selecciones que participan del Mundial. Segundos antes estaban bailando folclore y, apenas terminó la música, se sumaron el trend de "La Scaloneta ya llegó" que aprendieron en TikTok. En el recreo afirman que Messi volverá a levantar la Copa del Mundo y, cuando falta una pelota, improvisan una con bolsas y papel para seguir jugando.
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En esta escuela rural de nivel inicial y primario, el Mundial no entra por una pantalla. Entra en las clases, en los recreos y en las conversaciones. El día anterior a la visita de LA GACETA, incluso, tuvo su propio campeonato: un "mundialito" entre todos los cursos. Cada grado representó a una selección y, después de varios partidos en el patio, sexto levantó la copa.
No hay wifi ni televisor. Las maestras usan datos móviles cuando el celular consigue algo de señal y ya decidieron juntar dinero para instalar una antena satelital antes de agosto. Los partidos de la Selección se ven en las casas, junto a las familias. En la escuela, en cambio, la Copa del Mundo encuentra otras formas de hacerse presente.
Pero cuando suena el último timbre, el Mundial queda por un rato en segundo plano. Empieza otra historia: la de las maestras que, después de enseñar toda la mañana, muchas veces tienen que hacer dedo para volver a San Miguel de Tucumán. "Todos los días es un nuevo empezar, un nuevo trastorno para movernos", resume Marcela Cervantes, docente de 54 años, mientras explica la rutina que sostiene buena parte del plantel.
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Se despierta a las 4:40 y viaja desde la capital los lunes y los viernes. Como ella, todas las maestras especiales —Música, Plástica, Tecnología, Educación Física, Letras y Religión— viven en la capital. También la directora.
El problema no es solamente la distancia. No existe un colectivo que permita llegar antes del inicio de clases. El único servicio entra al pueblo cerca de las 9.30, cuando los alumnos ya llevan más de una hora en el aula.
Por eso las docentes alquilan un auto o pagan un chofer entre varias, comparten el viaje con maestras de otra escuela ubicada siete kilómetros más adentro y desembolsan alrededor de $10.000 por cada viaje de ida.
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"Normalmente volvemos haciendo dedo las dos", cuentan. Siempre acompañadas, nunca solas. Hasta ahora, dicen, nunca tuvieron una mala experiencia.
La historia se repite de distintas maneras. Una docente llegó a alquilar una habitación en la escuela para evitar el viaje diario, pero terminó renunciando. La maestra jardinera vive en Aguilares y pasa toda la semana en Garmendia para acortar el trayecto. Entre la ida y la vuelta, Marcela suma cuatro horas de viaje para una jornada de clases.
Micaela Nieva, maestra de Plástica, recién empieza en la docencia. También es arquitecta y profesora del nivel secundario. Hace poco descubrió otra cara de la docencia: esperar un auto al costado de la ruta.
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"Si lo ves de afuera te parece una locura. A mí también me parecía una locura, hasta que lo viví", cuenta. Después encuentra una sola explicación para seguir levantándose antes de las cinco de la mañana: "Debe ser vocación, porque otra cosa no creo. Yo me despierto feliz y con ganas de ir".
Entre los alumnos están Ciro y Santiago Fogwill, mellizos de 11 años. Sueñan con jugar al fútbol, llegar a River y vestir algún día la camiseta de la Selección. Por ahora, siguen armando pelotas con bolsas y papel para jugar en los recreos.
Marcela guarda otro sueño. Le gustaría que sus alumnos pudieran viajar alguna vez a San Miguel de Tucumán, conocer la Casa Histórica y recorrer una ciudad que muchos todavía no visitaron. "Si a mí me cuesta llegar hasta acá, ¿Cómo hacemos para que ellos puedan ir y conocer?", se pregunta.
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La semana siguiente volverá a levantarse antes de las cinco. Cruzará otra vez la niebla, los camiones limoneros y los kilómetros de ruta hasta 7 de Abril. Y cuando suene el último timbre, si hace falta, volverá a levantar el pulgar al costado del camino para regresar a casa.
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