
El sentido arácnido de Julián Álvarez rescató a una Argentina que demoró en resolver el enigma táctico suizo
El campeón del mundo necesitó otra vez 120 minutos. Un derechazo al ángulo de "la Araña" selló el cruce con Inglaterra en semifinales del Mundial.
El Arrowhead Stadium, acostumbrado a los embates físicos de la NFL, presenció un guion calcado al de cualquier película de superhéroes: el protagonista acorralado durante casi toda la trama, el villano ordenado y paciente, la salvación sobre el final. La selección argentina chocó durante 112 minutos contra un muro suizo perfectamente ensamblado, hasta que apareció el hombre que lleva la araña en el apodo y el instinto en los botines. Julián Álvarez recibió sobre la izquierda, se hamacó hacia adentro y sacó un derechazo que se clavó en el ángulo de GregorKobel. Como Peter Parker, que percibe el peligro antes de que ocurra, "La araña" detectó el único espacio que Suiza había dejado sin tejer en toda la noche: el aire.
El gol merece el análisis porque no fue casualidad sino consecuencia. Para entenderlo hay que retroceder al planteo inicial de Lionel Scaloni, un 4-1-3-2 con Leandro Paredes como único volante de contención y una línea de tres creativos con Rodrigo De Paul, Enzo Fernández y Alexis Mac Allister por detrás de Lionel Messi y el propio Álvarez. La idea era clara: poblar la zona de gestación, rodear al capitán de socios y atacar con seis futbolistas de vocación ofensiva.
El problema fue que Suiza leyó el plan y lo neutralizó con un bloque medio de dos líneas de cuatro, compacto, que no le cedió la pelota a Argentina. Con Granit Xhaka y Remo Freuler cerrando el corredor interior, los tres volantes de la "Albiceleste" recibían de espaldas o demasiado lejos del área. La consecuencia fue un dominio estéril: poca circulación horizontal, pocos pases que rompieran líneas y una sensación creciente de que la Selección no tenía la posesión ni la profundidad.
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El único destello del primer tiempo llegó por la vía más elaborada de este combinado: la pelota parada. Córner de Messi, cabezazo de Mac Allister y 1 a 0 a los diez minutos. Fue lo mejor y casi lo único del volante en toda la noche: después del gol se diluyó entre las líneas suizas, perdió protagonismo en la circulación y recién reapareció sobre el final con un remate que Nico Elvedi le sacó con lo justo. La ventaja temprana, paradójicamente, agravó el problema táctico, porque Suiza no se descompuso y Argentina pasó más de 50 minutos sin una situación clara de juego elaborado.
El costado derecho fue la zona más floja del equipo. De Paul, impreciso con la pelota, llegó siempre tarde al repliegue: Dan Ndoye ya lo había pasado en velocidad en una contra que Molina alcanzó a bloquear, y en el empate volvió a quedar a contrapié, sin cerrar el pasillo por donde los helvéticos armaron la pared entre Ndoye y Ricardo Rodríguez que terminó con la definición entre las piernas de Emiliano Martínez.
Molina tampoco estuvo fino, superado en el mano a mano del gol y errático en ataque, aunque al menos levantó con el correr del segundo tiempo, primero con ese cierre providencial y luego animándose a pisar el área rival, donde desperdició un pase filtrado de Messi con Julián solo en el segundo palo. La sociedad que debía darle salida limpia al equipo terminó ofreciendo la autopista del 1 a 1.
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Acá aparece la cuenta pendiente de Scaloni en una noche que, de todos modos, volvió a terminar con su equipo festejando. La expulsión de BreelEmbolo a los 72 exigía una reacción más rápida desde el banco, pero el técnico eligió esperar.
Recién a los 78' se dió el primer cambio con el ingreso de Nicolás González, que se ubicó en una especie de lateral-carrilero. En tanto que a los 85' sacó a los apuntados, Molina y De Paul, para meter a Gonzalo Montiel y Lautaro Martínez, cuando el partido pedía ese movimiento desde el empate. La demora es un reproche válido, aunque conviene decirlo completo: cuando finalmente movió, movió bien. Con el correr del alargue, el equipo mutó hacia un 4-2-4 casi temerario: Mac Allister y Almada como doble cinco, con Messi, Álvarez, José Manuel "Flaco" López y Lautaro arriba.
La clave de esa mutación no fue solo la acumulación de delanteros sino el cambio de circuitos. Almada le dio al equipo lo que De Paul no había podido ofrecer: conducción vertical, gambeta en espacios reducidos y remate de media distancia. En ese contexto nació el golazo. Suiza defendía con nueve hombres detrás de la pelota y apostaba a los penales. La única fórmula contra un rival así es la individualidad o el disparo lejano, y Álvarez combinó ambas. Su gol fue la respuesta táctica perfecta: cuando no hay espacio entre líneas ni por afuera, el arco aparece por arriba. Minutos después, con Suiza volcada a la desesperación, Lautaro cerró el 3 a 1 en la contra que Almada condujo y remató, con rebote de Kobel.
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Queda el capítulo de Messi. El capitán no convirtió y lo intentó de todas las maneras: media distancia, tiro libre, un sombrerito que Kobel le adivinó en el mano a mano. Pero reducir su noche a la sequía sería miope. Su córner fabricó el primer gol, su gravitación arrastró permanentemente a dos marcadores y liberó los costados.
Las críticas son el peaje lógico de un campeón al que se le exige perfección, pero el dato mayor no admite discusión: Argentina está entre los cuatro mejores del mundo y con las chances intactas.
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