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“El Mundial nos hace felices, pero no cambia la realidad”; la reflexión de Pablo Alabarces sobre el fútbol y la sociedad
PolíticaTucumán

"El Mundial nos hace felices, pero no cambia la realidad"; la reflexión de Pablo Alabarces sobre el fútbol y la sociedad

CC
Carlos Chirino
domingo, 21 de junio de 2026 · 09:40 a. m. hs · 7 min

Pablo Alabarces, referente de la sociología del deporte, reflexiona sobre el Mundial, la felicidad colectiva, la política, Maradona y Messi. Explica por qué ningún Mundial puede cambiar el destino de un país.

Cada cuatro años sucede algo que parece desafiar toda lógica. Las ciudades se vacían durante 90 minutos, las conversaciones giran alrededor de una pelota y millones de personas sienten que comparten una misma emoción. El Mundial 2026 de fútbol vuelve a instalar esa sensación de excepción, como si el tiempo cotidiano quedara suspendido y la realidad pudiera esperar. Sin embargo, para Pablo Alabarces, uno de los sociólogos más influyentes de América Latina en el estudio del deporte y la cultura popular, esa percepción es justamente eso: una percepción.

Investigador superior del CONICET y considerado uno de los fundadores de la sociología del deporte latinoamericano, Alabarces lleva más de tres décadas estudiando la relación entre fútbol, identidad, política y cultura. En una extensa entrevista con el periodista Federico van Mameren para "Panorama Tucumano", analizó qué representa realmente una Copa del Mundo para los argentinos, desmontó algunos mitos instalados alrededor del fenómeno y reflexionó sobre las figuras de Diego Maradona y Lionel Messi.

Su conclusión es tan simple como contundente: el Mundial no transforma la realidad. "El Mundial no nos vuelve ni mejores ni peores", afirma. "Produce una suspensión del tiempo cotidiano, pero no una cancelación. Sigue habiendo economía, política, problemas sociales. Lo que ocurre es que durante un tiempo nuestra atención se concentra en otra cosa", dice.

Para el sociólogo, existe una idea muy extendida -sobre todo entre dirigentes políticos- según la cual durante una Copa del Mundo la sociedad deja de mirar lo que ocurre a su alrededor. Alabarces rechaza esa hipótesis de plano:_"Los políticos creen que durante el Mundial pueden hacer cualquier cosa porque nadie presta atención. Sin ir más lejos, Adorni sigue siendo Jefe de Gabinete. Eso supone pensar que la sociedad está formada por personas que sólo miran televisión. Es falso. Está probado sociológicamente que los mundiales no cambian la vida de las comunidades".

Según explica, tampoco es cierto que la pasión mundialista aparezca de manera automática y homogénea. El interés crece de manera progresiva, a medida que avanza el torneo y aumentan las expectativas deportivas: "No es lo mismo el primer partido que los cuartos de final. Eso está comprobado en todo el mundo. La intensidad emocional va creciendo a medida que crecen las posibilidades de éxito".

Por eso cuestiona otra de las imágenes más repetidas alrededor del fútbol argentino: la idea de que el país entero vive permanentemente obsesionado por la Selección. "Las marcas que hacen publicidades dicen que somos 47 millones de locos que solo pensamos en una cosa. Esto es, sociológicamente, falso. Falso porque por un lado hay un porcentaje de la población a la cual el fútbol no le va ni le viene. Es un porcentaje cada vez menor. Ha ido disminuyendo. Porque el fútbol ha crecido en su capacidad de captar públicos, pero hay un porcentaje al que no le importa. También existe un grupo muy pequeño que vive exclusivamente para el fútbol. La mayoría se va sumando de a poco", explica.

Alabarces no minimiza el impacto emocional de una conquista mundialista. Al contrario. Reconoce que la obtención de la Copa del Mundo en Qatar 2022 produjo una experiencia extraordinaria: "Ser campeón del mundo te hace feliz. Y eso no es poco".

Recuerda especialmente las celebraciones multitudinarias que se vivieron en las calles argentinas tras la consagración de Messi y compañía. "Fue una felicidad colectiva fantástica. Absolutamente excepcional. No hay antecedentes históricos de cinco millones de personas reunidas al mismo tiempo para festejar o sufrir por algo", cuenta.

Pero esa felicidad tiene límites claros: "Diez días después empezó el 2023 y seguíamos teniendo inflación, pobreza, desempleo y todos los problemas de siempre. La vida cotidiana se suspende, pero no se transforma".

Allí aparece uno de los conceptos centrales de su mirada: la diferencia entre emoción y cambio estructural: "El error es creer que el Mundial soluciona algo. No genera empleo, no baja la inflación ni resuelve conflictos sociales. Produce reconciliaciones efímeras. Durante unos días pueden abrazarse hinchas de Boca y River o de Atlético y San Martín. Después cada uno vuelve a su lugar".

Uno de los ejes más interesantes de la conversación aparece cuando analiza la relación entre fútbol y política. Alabarces sostiene que los gobiernos suelen atribuirle al deporte una capacidad transformadora que, en los hechos, nunca se verifica. "El éxito deportivo no produce éxito político y el fracaso deportivo tampoco genera fracaso político", explica.

Para demostrarlo recurre a ejemplos históricos. La dictadura militar no logró perpetuarse gracias al Mundial 1978. Raúl Alfonsín perdió elecciones legislativas poco después de la consagración de México 1986. Alberto Fernández tampoco obtuvo beneficios políticos duraderos tras Qatar 2022.

Del mismo modo, recuerda que durante la crisis de 2002 existía temor a que una eliminación temprana de la Selección generara una explosión social: "No pasamos la primera ronda, el Corralito seguía existiendo y no pasó absolutamente nada".

También menciona el caso de Francia 1998, cuando la selección multicultural liderada por Zinedine Zidane fue presentada como símbolo de una sociedad integrada y reconciliada: "Cinco años después París estaba en llamas por las protestas de los hijos de inmigrantes que seguían sufriendo discriminación. El Mundial no cambió nada".

Para el investigador, el fútbol puede ofrecer momentos de imaginación colectiva, pero no reemplaza los procesos sociales ni políticos. "El Mundial es un momento de imaginación, es un momento de sueño, es un momento de felicidad efímera, pero no cambia las cuestiones estructurales, concretas, esas no cambian. Esas las cambia una sociedad, si las quiere cambiar, pero no el fútbol. Ese es el punto", señala.

Cuando la charla deriva hacia los recuerdos personales, surge inevitablemente el Mundial de Estados Unidos 1994 y la expulsión de Diego Maradona tras el control antidoping positivo.

Alabarces no duda en definir aquel episodio como uno de los grandes duelos colectivos de la historia argentina reciente: "Nos pusimos más tristes por la salida de Maradona del Mundial 94 que por algunas derrotas deportivas". Y encuentra incluso un paralelismo simbólico con otro acontecimiento histórico. "Cuando expulsan a Maradona sentí algo parecido al duelo popular por la muerte de Perón. Fue una conmoción colectiva extraordinaria", dice. Para explicar esa intensidad emocional recurre a una palabra clave: excepcionalidad: "Maradona era excepcional. Todo lo que producía era excepcional".

Por eso considera que la comparación permanente con Messi resulta, en cierto modo, innecesaria. "Messi es otra cosa. Es un héroe deportivo extraordinario, un ídolo popular gigantesco, pero no tiene la dimensión mítica de Maradona".

La diferencia, explica, está profundamente vinculada al contexto histórico. "El gol a Inglaterra en 1986 ocurrió cuatro años después de la Guerra de Malvinas. Eso no va a volver a repetirse jamás. El contexto hizo a Maradona tan importante como sus condiciones futbolísticas", comentó.

Eso no implica una valoración menor de Lionel Messi. Al contrario. Alabarces considera que la Selección encontró su mejor versión cuando entendió que estaba jugando junto al mejor futbolista del planeta:_"Durante muchos años jugaron con Messi sin darse cuenta de que era el mejor del mundo. Cuando comprendieron eso, todo cambió".

Describe al capitán argentino como un líder diferente. "Es un liderazgo positivo, silencioso. Sigue siendo un hombre que habla poco y cuando habla tampoco dice demasiado".

También observa que su figura encaja perfectamente con las necesidades del mundo mediático contemporáneo: "Es un muchacho perfecto para las publicidades. Muy distinto de esa dimensión plebeya, popular y desbordante que tenía Maradona. He visto jugar a Pelé, Maradona y Messi. Los tres son artistas irrepetibles. ¿Para qué compararlos?".

Y rescata una imagen que, a su juicio, sintetiza el sentimiento popular surgido en Qatar: "Los hinchas cantaban: 'En la Argentina nací, tierra de Diego y Lionel'. La sociedad no necesita oponerlos".

Hacia el final de la entrevista, Alabarces vuelve sobre una idea que atraviesa toda su obra: el fútbol como una ficción colectiva. "No olvidemos nunca que esos muchachos no son la Argentina", dice. La frase puede sonar provocadora, pero apunta a una reflexión más profunda. Durante los partidos, millones de personas proyectan sobre la Selección sus deseos, frustraciones y anhelos de comunidad. Por un rato, los jugadores parecen representar a todo un país. Pero para el sociólogo esa identificación tiene límites evidentes.

"La Argentina real es mucho más compleja. Tiene desigualdades, conflictos y problemas que ningún resultado deportivo puede resolver", dice.

Aun así, lejos de despreciar el fenómeno, reivindica su valor simbólico.

El fútbol sigue siendo uno de los pocos espacios capaces de generar emociones compartidas a escala masiva. Conserva una promesa democrática elemental: la posibilidad de que cualquiera pueda ganar. La ilusión de que un país periférico, una selección inesperada o un equipo considerado inferior pueda desafiar a los poderosos.

Por eso millones de personas vuelven a ilusionarse cada cuatro años. No porque crean que una Copa del Mundo resolverá sus problemas, sino porque durante unas semanas les permite imaginar otro mundo posible. Una ilusión pasajera, una felicidad efímera, un sueño colectivo. Nada más. Pero tampoco nada menos.

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Leer la nota original en La Gaceta
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