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Durante cinco años tuvo ataques de pánico, salió de la oscuridad y hoy es emprendedora
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Durante cinco años tuvo ataques de pánico, salió de la oscuridad y hoy es emprendedora

LA
Luisina Acosta
sábado, 10 de octubre de 2026 · 05:26 a. m. hs · 7 min
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Dejó sus estudios y necesitó cuidados permanentes. Junto con su mamá, reconstruye el papel del tratamiento y de la red de apoyo que la acompañó hasta recuperar su autonomía y volver a confiar en sí misma.

Resumen para apurados

Carolina Sanjuan tenía 20 años cuando sufrió su primer ataque de pánico. Estaba bañándose y sintió que no podía respirar. No sabía qué le ocurría. Ese episodio marcó el comienzo de una etapa que modificó sus estudios, sus rutinas y la vida de su familia.

"No podía respirar. Eso era lo más desesperante. La hiperventilación, el estar y no poder conciliar que entre el aire normalmente era totalmente angustiante", recuerda Carolina. Los episodios comenzaron a repetirse y formaron parte de un período de sufrimiento que, según cuenta, se extendió durante cinco años y medio. A las crisis se sumaba un malestar que venía sintiendo desde tiempo atrás. 

Por entonces llevaba tres años cursando la carrera de maestra jardinera. Recuerda con precisión aquella primera crisis: "No me lo olvido más: yo me estaba bañando, fue ahí y de repente sentí que el mundo se me caía encima. Me tuvieron que sacar desnuda. Y fue el ataque de pánico más largo de mi vida porque fue el primero y nadie nunca me había dicho qué se sentía y que no te ibas a morir", recordó.

"Al principio no tenía idea de lo que era un ataque de pánico. Era una sensación de muerte inminente. Era sentir temblores, náuseas, desmayo, sensación de que me estaba cayendo, se me ponía borrosa la vista, no podía respirar", describió Carolina, que hoy tiene 27 años y es emprendedora, sobre las crisis que comenzaron a repetirse.

Durante los años siguientes, el malestar alteró sus rutinas, sus pasatiempos y la organización de su familia. "Quería morirme, quería morirme y quería que ese dolor se terminara rápidamente", recordó Carolina con la voz entrecortada.

Sandra, su mamá, también recuerda con detalle aquel episodio desconcertante. "La envolvimos en una toalla, la llevamos a la cama y no sabíamos qué hacer más que tratar de que empiece a respirar. Nadie entendía nada, no sabíamos qué estaba pasando", recordó. Pronto pidieron asistencia a una médica amiga, pero las crisis continuaban. "Se dormía, se volvía a despertar y así permanentemente", agregó al recordar las horas posteriores al primer episodio.

 "No vi las señales. Antes de ese primer ataque de pánico tan fuerte había atravesado una cirugía con un postoperatorio bastante doloroso y yo creía que venía triste y complicada por eso, pero no sabíamos un montón de cosas", recordó Sandra, la madre.

Las crisis comenzaron a ocupar buena parte de los días. "Después de eso todos los días eran un torbellino, eran muchas crisis en un solo día y todos los días", comentó Carolina. No identifica un momento exacto en que comenzó la tristeza, pero recuerda que la angustia fue acumulándose hasta dificultar sus actividades cotidianas. "Era mucha tristeza, aturdimiento y mucha información que yo no sabía controlar ni parar, hasta que me tiró a la cama. Tuve que dejar la facultad", contó. Incluso leer una frase sencilla se volvió difícil: "Estaba totalmente colapsada y quería leer un renglón, 'los niños aprenden jugando', y lo hacía 100 veces. En mi cabeza no entraba".

La familia reorganizó su vida para acompañarla. "Hubo un momento en que nos turnábamos para dormir los demás para poder estar atentos a lo que ella pudiera llegar a hacer", comentó Sandra. Ante el riesgo de que Carolina se hiciera daño, también necesitaron ayuda para sostener esos cuidados. "Tuvimos acompañantes terapéuticos porque llegó un momento en que mis papás tenían que volver a trabajar y no me podían dejar sola, porque si me dejabas un minuto sola corría riesgo mi vida. Entonces tuvieron que pedir ayuda ellos también", relató la joven.

Carolina recuerda que, junto con las crisis, apareció una desesperanza persistente. "Era la sensación de 'no voy a salir nunca', de 'de esto se va a tratar mi vida para siempre y la tengo que terminar porque no tiene fin'. Ese era el pensamiento recurrente", reveló. Aquella etapa incluyó episodios en los que intentó hacerse daño, internaciones, distintos tratamientos psicológicos, atención psiquiátrica y medicación. El acompañamiento de su entorno se sostuvo durante ese proceso.

Las formas de acompañar fueron cambiando a medida que aparecían nuevas dificultades. Requirieron creatividad para encontrar maneras de acercarse a Carolina y buscar ayuda cuando la familia no sabía cómo continuar. "Vivimos infinidad de situaciones muy dolorosas porque ver a un hijo que se está derrumbando es aterrador. Pero uno tiene que aferrarse, buscar los medios de qué agarrarse, acompañar, buscar información, prepararse y validar lo que están sintiendo. No quiere quitarse la vida el que es cobarde sino el que no quiere seguir sufriendo", explicó Sandra, su mamá.

Su mamá y su entorno diseñaron estrategias para mantener el contacto cuando les resultaba difícil comunicarse con ella. "Había momentos en que ni su papá ni yo podíamos llegar a ella, no nos escuchaba, se enojaba. Entonces acudimos a los hermanos: teníamos un grupo de WhatsApp separado donde les pedíamos que por favor la llamen como chicos más cercanos a su edad, para hablarle con otras palabras. Y eso ayudó un montón", explicó la madre.

"Encontré ayuda en circunstancias inusuales porque hay ángeles por todos lados", comentó la joven. Carolina le pidió a su mamá que reconstruyera un episodio que ella recordaba de manera borrosa. "'¿Te acordás cuando paramos el auto al frente de la casa de tu abuela, saliste corriendo y yo por detrás tuyo?' No sabía hacia dónde iba y no la podía alcanzar, tenía miedo de que cruce la calle. Cuando su papá la encuentra estaba dentro de un negocio en medio de una crisis, y había gente protegiéndola y cuidándola", rememoró Sandra.

Carolina también recuerda el enojo y la frustración que sentía cuando los tratamientos no ofrecían respuestas inmediatas. En esos momentos, el acompañamiento de su entorno la ayudaba a sostener las consultas. "Cuando yo decía 'no voy a ir más al psicólogo, me cansé', tenía a mi familia y amigos que me decían 'vamos, vamos'", contó la joven. La familia la esperaba afuera del consultorio hasta que terminara cada sesión.

"Fueron necesarias varias internaciones y estar pegados a ella todo el tiempo. Fue una atención 24/7 durante cinco años y medio", remarcó la madre. Carolina cuenta que, con el tratamiento, el enojo fue disminuyendo y comenzó a sentirse más estable. En esa etapa apareció el deseo de independizarse. "Se me metió en la cabeza y empecé a buscar departamentos", contó, una decisión difícil de asimilar para sus padres tras más de un lustro de cuidados ininterrumpidos.

Para la familia, acompañar esa decisión también implicó aprender a darle más espacio. La evaluación de su doctora fue importante para dar ese paso. "Era una gran prueba de fuego para todos. Tuvimos que confiar en que si su doctora decía que era el momento, iba a estar todo bien", recordó Sandra. Carolina se fue a vivir sola e identifica esa etapa como un momento importante de su recuperación.

"Estar sola fue lo que me terminó de sacar de la oscuridad. Me miré al espejo, bailé, canté, grité, salté, cociné bailando, y de repente lo que veía era una 'tipaza'", comentó Carolina. Recuerda que vivir sola le permitió reconocer capacidades que había dejado de ver en sí misma y construir otra relación consigo misma: "Soy la única persona que me acompaña desde el principio de mi vida hasta que me vaya al cajón —que espero no sea hasta que resulte natural—", bromeó. 

Pedir ayuda puede comenzar con una llamada o una consulta cerca de casa. En Tucumán, la línea 135 atiende urgencias y realiza derivaciones, mientras que el 0800-122-1555 brinda orientación con psicólogos las 24 horas. También se puede acudir a los CAPS y policlínicas o al Servicio Ambulatorio de Adicciones del Hospital Avellaneda, que atiende de lunes a viernes, de 7 a 19. La red provincial incluye hospitales de segundo nivel para desintoxicación aguda, los equipos comunitarios "Nuevo Amanecer", los hospitales Obarrio y del Carmen para cuadros agudos y los centros Las Moritas, en Las Talitas, y Cetria, en Aguilares, para rehabilitación. 

Hoy, al mirar hacia atrás, Carolina destaca el afecto con el que puede reconocer a quien fue durante aquellos años. "A esa Caro de antes la miro con muchísimo amor y respeto, porque si no hubiera pasado toda esa oscuridad, hoy no sería esta persona", concluyó. Sandra, por su parte, describió cómo vive el presente de su hija: "Siento que me explota el pecho de orgullo cuando la veo cómo se come el mundo. Estamos listas y emprendiendo un camino diferente, muchísimo más sano, con más energía y alegría".

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Leer la nota original en La Gaceta
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