
Crónicas de las penitas que no pude quemar en la fogata de San Juan
Por Belén Cianferoni.
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Crónicas de las penitas que no pude quemar en la fogata de San Juan Crónicas de las penitas que no pude quemar en la fogata de San Juan
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Cómo está ese desayuno, gente? ¿Me pasan un mate? ¿Me invitan un chipá? ¿O una medialunita? Correte un poco que me siento a charlar.
Pasó medio año y me está tendiendo a maltraer. Ando algo bajoneada, algo malhumorada. Pero ando.
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Pasó el solsticio de invierno. Se fue la noche de San Juan y no tuve oportunidad de quemar un par de penitas, pero bueno, ya las acomodaremos y las arreglaré. A veces no solo es tirar los problemas y las dudas al aire; también hay que peinarlos y dejar las cosas prolijas en el ropero. Cosa que nunca hago y que mamá debe estar pensando al leerme: que debería empezar a acomodar mi ropa antes de hablar en el diario.
Pero soy así.
Me ando sintiendo grande para todo. Tengo treinta y ocho. En breve, treinta y nueve y, en un futuro muy cercano, voy a ser la señora de las cuatro décadas. Miles de videos me inundan el celular: plantas, dolores de huesos, gatitos y ya no tanto fiestas, tragos y salidas.
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Estoy en este loop donde todo lo que quiero hacer demanda que sea más joven. Lo más curioso es que, cuando me toca hacerlo o pensarlo, no me siento como alguien de mi edad.
Siempre digo que me voy a recibir. Es inminente, va a suceder porque mi alma y mi mente están en esto. Mi corazón lo sabe, pero muy en el fondo de mis pulmones aparece la duda: ¿seré lo suficientemente joven y capaz de hacerlo? ¿Podré?
Y después me acuerdo de algo. Nunca fui la más rápida para las cosas importantes. Siempre llegué un poquito después, un poco despeinada, con las medias cambiadas y el corazón lleno de preguntas. Pero llegué.
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Amigos, puede que no tengamos la edad que queríamos tener para hacer ciertos sueños, pero sí la experiencia para sostenerlos cuando se ponen difíciles, porque si te sobrevivimos 50 grados sobrevivimos a todo.
Entonces me tomo un mate, agarro los apuntes y sigo.
Los sueños no tienen fecha de vencimiento y porque, aunque el invierno se haya instalado y las penitas no se hayan quemado en la noche de San Juan, todavía quedan muchas brasas encendidas.
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Y con una de ellas, pienso recibirme.
Y voy a ser feliz.



