
Crónica de la historia sin maquillaje
Por Belén Cianferoni.
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Crónica de la historia sin maquillaje Crónica de la historia sin maquillaje
El otro día me tocó presentar el libro de Héctor Peralta Puy sobre el municipio santiagueño en el siglo XVIII y, como cada vez que tengo que aparecer en público, empezó la ceremonia previa: ¿qué me pongo?, ¿me maquillo?, ¿me hago algo en el pelo?, ¿parezco una persona seria?, ¿parezco una persona que duerme ocho horas?, ¿existe ese maquillaje?
Me miré un rato largo.
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Probé mentalmente distintos atuendos, colores, posibilidades y versiones de mí misma. Hasta que, después de pensarlo bastante, decidí ir con cada lavada. Con mi cara. Con mi colorcito marroncito. Con mi pelo como venga. Con mi bastón y con todo lo que soy.
Porque, pensándolo bien, la historia tampoco se maquilla.
O no debería.
El libro de Héctor Peralta Puy hace justamente algo que me parece hermoso: vuelve hacia atrás para mirar cómo se fue construyendo nuestra ciudad. A partir de documentos del Cabildo, reconstruye el funcionamiento del municipio santiagueño en el siglo XVIII: cómo se administraba, qué problemas tenía la ciudad, cómo se organizaban sus autoridades, cómo funcionaban los impuestos, las acequias, los barrios, el comercio y hasta algunas escenas de la vida cotidiana. Y, sobre todo, nos muestra que Santiago no fue una ciudad quieta ni congelada en una postal antigua, sino una ciudad que se movía, que crecía y que necesitaba organizarse.
Mientras escuchaba hablar de esos documentos, pensaba que hay algo muy parecido entre reconstruir una ciudad y reconstruir una vida.
Hay que mirar los papeles viejos. Las cosas que quedaron. Lo que alguien anotó. Lo que otro olvidó. Las decisiones de nuestros antepasados. Las calles que cambiaron de nombre. Las costumbres que permanecieron. Las que desaparecieron.
También hay que aceptar que no todo es bonito, porque una familia no se respeta solamente contando las anécdotas lindas de los domingos. Se respeta conociéndola entera. Con sus luces, sus sombras, sus contradicciones, sus errores, sus personajes entrañables y también esos parientes de los que en las reuniones familiares alguien dice: "Mejor no hablemos de eso".
La historia de una ciudad es, de alguna manera, la historia de una enorme familia. Y entender nuestra historia es también respetar a nuestra familia.
Me acordé entonces del papa Francisco, cuando hablaba de la Patria como una madre. En aquel encuentro con jóvenes en Chile decía que la Madre Patria nos enseña a caminar y que amar la Patria es querer la tierra donde nacimos, no desde el patrioterismo sino desde el compromiso con ella.
Me gusta esa idea de la patria como madre porque, como toda madre, no necesita que la pintemos con Photoshop.
La queremos con sus arrugas y con todas sus contradicciones.
Y con ese colorcito marroncito que tiene nuestra tierra y que, por más base que una se ponga, siempre termina apareciendo.
Por eso finalmente fui a presentar el libro sin convertirme en otra persona. Y pensé que estaba bien. Respetar nuestra identidad empieza por algo tan sencillo como dejar de querer parecernos a otra cosa. Santiago tampoco necesita maquillarse para contar su historia.
Necesita conocerla, leerla, discutirla, preguntarle, volver a los documentos y escuchar a quienes investigan.
Hay que animarse a mirar también aquello que no entra en la foto familiar. Y aceptarlo con todo, porque con la mamá uno no se espanta. Cuando uno sabe de dónde viene, no se achica, y se para un poquito más firme.
Yo, por las dudas, con bastón. Y con la cara lavada.
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