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Copenhague Fashion Week, la quinta capital de la moda
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Copenhague Fashion Week, la quinta capital de la moda

SG
Sol Garcia Hamilton
domingo, 09 de agosto de 2026 · 07:26 p. m. hs · 5 min
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¿Tiemblan las Big Four? El ascenso de la ciudad escandinava en el mundo de la moda. Cómo se convirtió en tendencia.

Resumen para apurados

Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.

La semana danesa cumple 20 años convertida en la quinta capital de la moda. Colores, diseño de autor y reglas ambientales obligatorias explican por qué las Big Four ya no pueden ignorar lo que sucede en el norte de Europa.

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En Copenhague nadie parece haber recibido el aviso de que la moda debía volverse seria. Afuera de los desfiles, las bicicletas se amontonan sobre los adoquines mientras una bandana turquesa se cruza con una cartera amarilla, un vestido de flecos se mueve con el viento y unos pantalones camuflados aparecen acompañados por zapatos que podrían haber salido de una fiesta.

No todo combina y, justamente por eso, funciona. Del lunes 3 al viernes 7 de agosto, la Copenhagen Fashion Week presentó las colecciones Primavera-Verano 2027 y celebró sus 20 años como mejor sabe hacerlo: a puro color. La semana que empezó en 2006 como una apuesta bastante improbable hoy es considerada la quinta capital de la moda, detrás de las cuatro ciudades que históricamente dominaron el calendario internacional: Nueva York, Londres, Milán y París.

Llegar hasta ahí no fue inmediato. En sus comienzos, el evento era más pequeño, comercial y local. Los diseñadores compartían espacios, fotógrafos y equipos de iluminación. Algunas presentaciones se parecían más a una gran fiesta entre conocidos que a uno de esos espectáculos donde se calcula hasta el último asiento que hoy recorren las redes.

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Sin embargo, aquella escala limitada terminó convirtiéndose en parte de su encanto. Mientras otras capitales competían por reunir a la mayor cantidad de celebridades, Copenhague comenzó a construir algo más difícil de comprar, una comunidad con una identidad propia.

Copenhague nunca necesitó tener enormes maisons francesas ni décadas de alta costura para llamar la atención. Tampoco intentó copiar el poder industrial de Milán o la maquinaria comercial de Nueva York.

De sus pasarelas salieron vestidos voluminosos que podían usarse para andar en bicicleta, estampados que parecían elegidos para alegrar un lunes y una nueva manera de entender el estilo escandinavo. El minimalismo continuó ahí, pero dejó de ser sinónimo de beige, gris y prendas que no molestan a nadie.

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Marcas como Ganni, Cecilie Bahnsen, Stine Goya y Henrik Vibskov ayudaron a construir una escena en la que conviven lo romántico, lo excéntrico, la sastrería y el sportswear. No se parecen entre sí, pero comparten cierta libertad para tomarse la ropa en serio sin convertirla en algo solemne.

Su street style terminó de completar la fórmula. En Copenhague, muchas veces la conversación empieza antes de que se enciendan las luces de la pasarela. Las invitadas llegan en bicicleta, caminan de un show a otro y prueban combinaciones que unos meses después aparecen repetidas en vidrieras, redes sociales y placares de todo el mundo.

La conocida Scandi girl ya no es una mujer vestida con líneas limpias y colores neutros. Puede usar un vestido con mangas enormes, medias que dejan el pie al descubierto o mezclar estampados como si nunca hubiera escuchado la recomendación de elegir solo uno.

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Eso hace que la moda vuelva a sentirse divertida. No porque todo sea accesible, sino porque todavía existe la sensación de que alguien se vistió para experimentar y jugar, no únicamente para gustar.

Para participar del calendario oficial, las marcas deben atravesar una evaluación que contempla requisitos ambientales y sociales. El sistema observa cuestiones como los materiales, la producción, las condiciones de trabajo y la manera en que se organizan los propios desfiles. No es un certificado que garantice que una firma sea completamente sustentable ni una auditoría independiente. Es una condición mínima para ingresar al calendario.

El modelo no quedó libre de cuestionamientos. En 2025, Copenhagen Fashion Week y varias marcas fueron denunciadas porque la expresión "requisitos de sustentabilidad" podía hacer pensar que habían recibido una certificación independiente, cuando el sistema funciona como un filtro de admisión basado en la información presentada por cada firma. La denuncia no avanzó, pero dejó una aclaración necesaria: Copenhague no garantiza una moda completamente sustentable; establece condiciones de entrada y continúa revisándolas.

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Por otro lado, la mirada también alcanza a quienes suben a la pasarela. Las marcas del calendario deben adherir al Danish Fashion Ethical Charter, que contempla diversidad de edades, tallas, géneros, orígenes y capacidades en los castings. No significa qué haya resuelto el problema histórico de inclusión de la industria —la representación de cuerpos diversos incluso retrocedió en algunas temporadas recientes—, pero convirtió el tema en parte de las reglas y no únicamente en una decisión de cada diseñador.

Su influencia, además, comenzó a viajar. Londres fue la primera de las Big Four en incorporar parte del sistema danés para sus diseñadores emergentes. Berlín, Oslo y Ámsterdam, tres semanas que ganan cada vez más presencia en el calendario europeo, también comenzaron a adaptar sus requisitos.

Entre posteos, videos de street style y resúmenes de la semana comenzó a aparecer una pregunta tan atractiva como exagerada: ¿deberían preocuparse Nueva York, Londres, Milán y París por el crecimiento de Copenhague?

Por ahora, no. París conserva sus casas históricas y el peso de la alta costura. Milán tiene una industria que mueve cifras difíciles de comparar. Nueva York mantiene su potencia comercial y Londres sigue siendo una plataforma central para la experimentación. Copenhague no compite en tamaño ni necesita hacerlo porque su verdadero poder está en haber cambiado algunas de las preguntas.

Una semana de la moda ya no se vuelve relevante únicamente por la cantidad de desfiles, estrellas o autos negros detenidos en la entrada. También importa su capacidad para descubrir diseñadores, generar una estética reconocible, crear comunidad y proponer reglas acordes con una nueva generación de consumidores.

Hace 20 años, la fundadora Eva Kruse decía que quería convertir a Copenhague en la quinta capital mundial de la moda. Muchos dentro de la propia industria danesa no creían que fuera posible. Hoy, la expresión aparece en Vogue y en algunos de los medios más influyentes del sector.

Quizás el éxito estuvo en no obsesionarse con ocupar el lugar de nadie sino en crear uno nuevo, con diseñadores independientes, bicicletas estacionadas frente a los desfiles y una idea de la moda menos preocupada por comportarse correctamente.

Las Big Four no están temblando, pero miran hacia el norte. Allí, una ciudad más pequeña consiguió demostrar que la moda puede tomarse en serio su impacto sin tomarse demasiado en serio a sí misma.

LifeStyle

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Leer la nota original en La Gaceta
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