
Berretta, el pueblo de la biblioteca magnífica que Borges admiró
El paraje santafesino conserva apenas un puñado de habitantes, pero también una historia singular, personajes inolvidables y un proyecto que busca recuperarlo.
Hay un dicho, en la zona cercana al pueblo de 20 manzanas casi desiertas que hoy nos ocupa, que señala: "Berretta enamora". Es quizás por eso que fin de semana tras fin de semana muchas familias regresan para disfrutar de su encanto natural. Ese sitio, hoy bajo un intento de recuperación tras quedar casi vacío, albergó en una de sus casas alguna vez una biblioteca, propiedad de un neerlandés, que llegó a ser admirada por el mismísimo Jorge Luis Borges. Es donde vivió una condesa de leyenda y donde una cancha de fútbol, de un club que ya no existe, es escenario todos los sábados de un partido que es toda una tradición.
¿Qué tiene este lugar de Santa Fe, que parece detenido en el tiempo, que todavía parece tener magia, aun semidesierto como está hoy?
Hay sitios donde el silencio parece haber ganado la partida. Es el caso de Berreta. Caminar por sus calles -todas de tierra- es como formar parte de una película ambientada en el lejano oeste. Hay casas que no están pegadas una a otra, vacías y cubiertas por la vegetación. Hay una estación ferroviaria que ya no escucha el sonido de los trenes. Hay un paisaje que habla de un pasado intenso y de un presente muy distinto. Sin embargo, este pequeño paraje rural del departamento Iriondo, ubicado a 75 kilómetros de Rosario, a 22 de Cañada de Gómez y que pertenece al distrito comunal de Correa, junto al río Carcarañá, demuestra que incluso los sitios que en su momento fueron declarados "pueblos fantasma" pueden encontrar motivos para volver a mirar hacia adelante.
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Se cree que hoy Berretta conserva una población que sería de entre 10 y 12 personas. Al ser un paraje rural, no figuró como una entidad urbana independiente en los datos oficiales del último Censo 2022. El cierre del ramal ferroviario, primero, y el cambio del trazado de las rutas, después, modificaron para siempre el destino de una comunidad que llegó a tener más de 500 habitantes. Lo que alguna vez fue un lugar con comercios, escuela, iglesia, correo, juzgado de paz, comisaría y un club con bar, comenzó a vaciarse lentamente.
Quienes aún viven allí dicen que Berretta sigue vivo porque todavía hay personas que lo cuidan, mantienen en pie sus edificios históricos y creen que el futuro no tiene por qué parecerse al pasado reciente. Esa convicción es la que sostiene un proyecto que busca recuperar el lugar sin alterar aquello que todavía conserva: la tranquilidad, la naturaleza y el sentido de comunidad.
El contraste es evidente. Mientras en general predominan el silencio y la calma, además del canto de los pájaros, cada fin de semana aparece el bullicio. Es cuando cientos de personas llegan para recorrer el bosque de eucaliptos, caminar hasta el río Carcarañá o simplemente pasar el día lejos del ritmo de las ciudades. El fenómeno sorprende. Es que Berretta ejerce una atracción difícil de explicar. Tal vez sea el paisaje, la historia o esa sensación creciente entre mucha gente de que el tiempo debe transcurrir de otra manera.
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Entre quienes eligieron quedarse está el ingeniero agrónomo Daniel Bortolussi, que vive en la antigua casa de María Luisa Correa, la fundadora del pueblo. Allí resiste desde hace años junto con su esposa, Claudia, cuidando una construcción levantada en 1874 que sobrevivió a inundaciones, tormentas y al paso del tiempo.
Esa actitud resume el espíritu del pueblo centenario. No se trata únicamente de conservar viejas construcciones, sino de defender una forma de vida que parece haber quedado al margen de la velocidad de los tiempos actuales. La resiliencia es la que impulsó a la comuna de Correa a poner en marcha un plan para recuperar el lugar y atraer nuevos pobladores.
La propuesta busca que la antigua estación ferroviaria vuelva a ser el corazón de Berretta, esta vez como espacio para emprendimientos turísticos, gastronómicos, recreativos o productivos. El objetivo no consiste en transformar el pueblo en un gran centro urbano, sino en generar oportunidades que permitan sumar habitantes sin perder la identidad rural que caracteriza al lugar.
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El proyecto parte de una idea sencilla: recuperar lo perdido no significa volver exactamente al pasado. Nadie imagina que Berretta recupere los más de 500 habitantes que tuvo durante su época de esplendor. La apuesta es otra. Se trata de crecer de manera gradual, atraer familias dispuestas a emprender y lograr que la escuela sume alumnos, que nuevas actividades económicas encuentren espacio y que las casas abandonadas vuelvan a tener vida.
Lo de la escuela primaria es toda una particularidad: tiene un edificio de dos pisos, de estilo inglés, del ancho de media cuadra. Es una edificación que da para que estudien 200 chicos, pero sólo recibe a unos pocos hijos de peones y de algún poblador. Sólo una maestra da clases, y es la misma que es directora, se encarga de la limpieza, prepara la merienda o el desayuno y asume cuestiones administrativas.
En su persistencia quizás esté asentado el espíritu de este paraje que ya perdió mucho a lo largo de su historia, pero que conserva la voluntad de seguir existiendo.
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La historia de Berretta está estrechamente ligada al desarrollo del ferrocarril argentino. El pueblo fue fundado en 1925 sobre tierras donadas por María Luisa Correa y recibió su nombre en homenaje al ingeniero civil Sebastián Berretta, uno de los responsables de la construcción de ramales ferroviarios. Como ocurrió con muchas localidades del interior, el tren no sólo acercó pasajeros y mercaderías: también dio origen a una comunidad.
En su etapa de mayor crecimiento, Berretta llegó a reunir más de 500 habitantes. La estación era el punto de encuentro de vecinos y productores, mientras el movimiento del campo sostenía la economía. El plan era formar un pueblo de al menos 20 manzanas, señorial y tranquilo. Hasta se hizo un plano con la idea.
Ese escenario comenzó a cambiar en la década de 1970, cuando el servicio de pasajeros dejó de funcionar. Años más tarde también desaparecieron los trenes de carga y el golpe fue definitivo. Berretta perdió así su principal vínculo con la región y muchas familias comenzaron a buscar oportunidades en otras localidades.
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El aislamiento se profundizó cuando la ruta nacional 9 adoptó un trazado diferente y dejó al pueblo fuera de los principales corredores de circulación. La decisión que décadas antes habían tomado los vecinos de priorizar la llegada de la electricidad por sobre el pavimento terminó condicionando aún más el desarrollo de la localidad. El camino de acceso siguió siendo de tierra y, durante los períodos de lluvias, las dificultades para ingresar o salir del pueblo aceleraron el proceso migratorio.
La falta de una escuela secundaria también incidió en esta decisión.
Hoy, Berretta conserva buena parte de su patrimonio. La antigua estación ferroviaria fue restaurada, la casona de María Luisa Correa continúa en pie, al igual que el edificio de la escuela. Son sitios que resisten, en medio de un vasto campo, y del silencio.
A pocas cuadras de la estación ferroviaria de Berretta se extiende un predio de 1.000 hectáreas con un lago interior (igual al del parque Independencia de Rosario, pero a menor escala) y una imponente casona rosa, rodeada de palmeras y arbustos. Allí vivían Joan Antoinette Laporte - conocida por todos como "la condesa"- y su esposo, el conde Van Limburg Stirum. Ambos eran neerlandeses. Hasta edad avanzada, ella conducía su propio automóvil, la mayoría de las veces a alta velocidad, viajaba periódicamente al exterior y mantenía una rutina inalterable: vestir durante todo el año una camisa blanca y un pantalón de corderoy amarillo. Contaba con los servicios de un ama de llaves y tenía un marcado rechazo a las visitas. Eso sí, en sus años mozos, oficiaba de anfitriona de fiestas que se llevaban todas las miradas. "Las damas con sombrilla se paseaban al borde del lago, los hombres bebían y conversaban en el parque, los niños buscaban huevos pintados escondidos entre las plantas. La más célebre de esas fiestas era la que se llevaba a cabo cada 5 de diciembre para celebrar la Fiesta de San Nicolás, cuando la misma condesa, disfrazada de Sinterklaas, repartía presentes entre los invitados", contó Javier Núñez en el libro "19. Una cartografía narrativa de Santa Fe".
Otra buena parte de la historia de la pareja fue reconstruida por Liliana Gasparini, quien trabajó durante 12 años para la pareja.
El conde era miembro de la nobleza neerlandesa y propietario de campos, tanto en Santa Fe como en Buenos Aires. Bioquímico de profesión, vivía rodeado de libros y llevaba una existencia metódica. Dentro de la casa vestía siempre una túnica blanca, llamaba al personal haciendo sonar una campana y tomaba el té preparado con agua mineral. La residencia contaba con amplios salones, un comedor con piano, una cocina comunicada por una ventanilla para servir los platos, un laboratorio, un televisor que casi nunca encendían y una biblioteca de 7.000 ejemplares.
Núñez contó que la biblioteca era tan vasta y escrupulosa que llegó a ser admirada incluso por Jorge Luis Borges. "Con él, el conde supo trabar amistad y fatigar las sobremesas cada vez que iba de visita a Buenos Aires. Borges estuvo en Berretta una sola vez y se pasó seis días y sus noches encerrado en la biblioteca", escribió.
Tras la muerte del aristócrata, quienes conocieron a Joan Laporte aseguran que se volvió todavía más reservada y esquiva, alimentando hasta límites insospechados el misterio de su permanencia en Berreta. Falleció a los 102 años, en junio de 2024.
Desde hace casi 30 años, todos los sábados, un grupo de amigos mantiene viva una tradición que convirtió a Berretta en un punto de encuentro. Al lugar llegan entre 30 y 35 hombres desde localidades cercanas para disputar una serie de partidos de fútbol que trascienden lo deportivo y se transforman en un verdadero ritual de amistad.
La mayoría viaja desde Correa en autos o camionetas, aunque algunos prefieren la bicicleta y otros recorren unos 30 kilómetros en moto desde Cañada de Gómez. Sin importar la distancia, el compromiso se mantiene intacto desde hace casi tres décadas. Cada sábado dejan de lado el trabajo, las obligaciones familiares y la rutina para compartir unas horas en una cancha ubicada entre pastizales, antiguas construcciones y paisaje rural.
La organización está completamente autogestionada. Está quien se encarga de anotar a los presentes y de armar equipos diferentes cada fin de semana para evitar que siempre jueguen juntos los mismos compañeros. Al final del juego, una bebida, una picada o un asado prolonga la reunión.
Cada integrante aporta una pequeña cuota destinada a sostener el espacio. Con ese dinero compran pelotas y pecheras, pagan la electricidad, cortan el césped y hasta construyeron vestuarios con duchas, una muestra del compromiso colectivo para preservar un lugar que consideran propio.
Cuando concluye el último encuentro, el pueblo vuelve a quedar en silencio, esperando la próxima vez que ruede la pelota.