
12 O: ¿Quién conquistó a quién?
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Cada 12 de octubre volvemos al mismo lugar: conquista o encuentro, destrucción o civilización, víctimas o victimarios. La historia fue bastante más incómoda que esas alternativas. Hubo guerras, epidemias, explotación y sometimiento. También hubo mestizaje, ciudades, instituciones, universidades, nuevas economías y una transformación planetaria que alcanzó a todos los continentes. Reducir tres siglos a una sola palabra explica poco.
1492 no creó solamente un Nuevo Mundo. Creó un mundo nuevo.
Europa y Asia ya poseían grandes redes comerciales; África mantenía sus propios circuitos y el Mediterráneo conectaba civilizaciones desde hacía siglos. La novedad fue que América incorporó definitivamente el Atlántico y el Pacífico a una misma trama en la que personas, metales, alimentos, animales, enfermedades, tecnologías, conocimientos y costumbres comenzaron a circular a escala intercontinental de manera sostenida. España y Portugal abrieron rutas atlánticas; México quedó conectado con Manila; la plata americana llegó a China; productos del continente ingresaron en las mesas de Europa, África y Asia y todo esto le dio forma a una primera globalización.
La transformación todavía está delante de nuestros ojos, aunque ya no la percibamos: Italia sin tomate, Europa sin papa, buena parte de Asia sin ají y África sin mandioca o maíz, resultarían hoy difíciles de imaginar porque todos son productos americanos. La papa tuvo un impacto todavía mayor en el que distintos estudios económicos han vinculado su incorporación con una parte significativa del crecimiento demográfico y urbano del Viejo Mundo entre los siglos XVIII y XIX. Entonces podemos decir que Europa conquistó los Andes, pero una planta domesticada en los Andes terminó alimentando la expansión demográfica europea.
La plata produjo otra revolución. Potosí y los grandes centros mineros novohispanos fueron escenarios de explotación humana, pero al mismo tiempo se convirtieron en piezas de un sistema comercial que ya no terminaba en España. Metal americano cruzaba el Atlántico y el Pacífico; desde Acapulco llegaba a Filipinas y desde allí ingresaba a los mercados asiáticos, impulsado especialmente por la demanda china. Mucho antes de los contenedores, los acuerdos comerciales y las actuales rutas de la seda, América, Europa y China ya participaban de una economía interdependiente.
Incluso la historia monetaria de Estados Unidos conserva aquella huella. El dólar español o peso de ocho circuló extensamente en las colonias británicas y funcionó durante buena parte de los siglos XVII y XVIII como una moneda de referencia antes de la creación del sistema monetario estadounidense: Federal Reserve Bank of Philadelphia
Pero aquella globalización tuvo un costo humano gigantesco. Las enfermedades llegadas desde Eurasia encontraron poblaciones sin defensas inmunológicas equivalentes; se sumaron guerras, trabajos forzados, desplazamientos y destrucción de estructuras sociales. América perdió una parte enorme de su población indígena. África quedó incorporada al nuevo sistema mediante una de sus tragedias centrales: el tráfico atlántico de personas esclavizadas. La primera economía mundial nació conectando continentes, pero también multiplicando formas de explotación.
Lo singular es que esa violencia generó dentro del propio mundo hispánico una discusión sobre sus límites.
Antonio de Montesinos denunció tempranamente el trato dado a los indígenas. Bartolomé de las Casas llevó esas denuncias hasta las instituciones de la Monarquía y reclamó cambios profundos. Francisco de Vitoria cuestionó que el descubrimiento por sí mismo otorgara dominio sobre los pueblos americanos y discutió cuáles podían ser los títulos legítimos para intervenir en sus territorios. Las Leyes Nuevas de 1542 intentaron restringir abusos vinculados a la encomienda y a la esclavización indígena.
En 1550 y 1551 Carlos V convocó la Junta de Valladolid. Teólogos y juristas discutieron la legitimidad de la conquista, la guerra, la evangelización y la condición de los indígenas. Las normas no eliminaron los abusos y la Corona tenía sus propios intereses políticos, pero permanece un dato extraordinario para el siglo XVI: el poder conquistador permitió que dentro de sus propias instituciones se discutiera el derecho con el que estaba conquistando, es decir, el conquistador terminó sometiendo a juicio su derecho a conquistar.
Tampoco alcanza la imagen de una América de la que toda riqueza partía hacia Europa. Hubo tributos, quinto real, remesas, beneficios privados y una enorme transferencia de metales. Negar esto sería reemplazar una simplificación por otra, pero parte de los recursos generados permaneció y circuló dentro del continente a través de la financiación de administraciones, fortificaciones, caminos, puertos y servicios; y se fundaron ciudades, hospitales, colegios y universidades como Lima y México que tuvieron universidades desde mediados del siglo XVI.
América fue explotada, pero no fue administrada como una mina provisional destinada a desaparecer después de agotar sus recursos. Sobre ese territorio se construyó una sociedad permanente que tampoco la construyeron exclusivamente españoles llegados de Europa.
La conquista de México, por ejemplo, difícilmente pueda comprenderse sin las alianzas indígenas contra el poder mexica. Después surgieron generaciones de españoles nacidos en América —los criollos—, mestizos, comunidades indígenas incorporadas de distintas maneras al orden monárquico, africanos libres y esclavizados, comerciantes, funcionarios, militares y cabildos locales. Sus posiciones fueron profundamente desiguales y muchas participaciones estuvieron determinadas por la coerción. Pero la Monarquía Hispánica americana dejó pronto de ser una empresa formada solamente por peninsulares.
El Imperio español de América fue construido desde Europa, pero terminó siendo sostenido y transformado también desde América. De aquella interacción nacieron vidas que antes no existían. Nuevas familias, acentos, músicas, comidas, devociones, técnicas productivas, ciudades e identidades. Lo indígena no desapareció; lo español tampoco permaneció intacto. Lo africano agregó otra dimensión decisiva. Después llegaron italianos, alemanes, árabes, judíos, rusos, asiáticos y otras migraciones. Nuestra identidad no es una pieza arqueológica: es una acumulación.
Cinco siglos después, el proceso continúa en un lugar inesperado. Estados Unidos, país habitualmente narrado desde su tradición anglosajona, cuenta hoy con 70,1 millones de habitantes hispanos, aproximadamente el 21% de su población. Sin embargo, la presencia hispana allí no comenzó con las migraciones actuales. San Agustín fue fundada por España en Florida en 1565, cuarenta y dos años antes de Jamestown y cincuenta y cinco antes del desembarco de los peregrinos en Plymouth siendo el mismo el asentamiento europeo continuamente habitado más antiguo del territorio continental estadounidense.
El español estuvo en Norteamérica antes que Estados Unidos. El peso español circuló antes que el dólar. Hoy millones de estadounidenses reúnen nuevamente dentro de una misma sociedad herencias europeas, indígenas, africanas, latinoamericanas y anglosajonas. El mestizaje iniciado en 1492 todavía no terminó.
Ya sabemos que hubo conquista, violencia, explotación y enormes injusticias. Reconocerlas es indispensable y visibilizar a quienes fueron silenciados también; pero ninguna sociedad puede elegir retrospectivamente qué siglos de su historia conserva y cuáles elimina. Europa no puede extraer a Roma de su pasado; los pueblos alcanzados por las conquistas mongolas no pueden reconstruirse como si Gengis Kan nunca hubiera existido. América tampoco puede realizar una transfusión histórica para quitarse lo español de su identidad. Somos indígenas, españoles, africanos y herederos de muchas otras corrientes al mismo tiempo. Incluso las partes más dolorosas de esa historia terminaron formando parte de nosotros.
Reconocer no significa permanecer en la culpa. Recordar no obliga a vivir en el resentimiento. Reconciliarse con la propia historia tampoco significa justificarla.
Tenemos que interpelarnos: ¿qué gana América permaneciendo, quinientos años después, definida solamente como víctima de su propia historia?
Distribuir culpas entre descendientes no devuelve una vida, no repara por sí solo una injusticia ni construye una sociedad mejor. La memoria adquiere sentido cuando permite comprender, aprender y actuar de otra manera.
Ya sabemos qué ocurrió con la conquista. Ahora nos corresponde decidir qué hacemos con todo lo que ocurrió después: reconocer, visibilizar, reconciliar y avanzar. La historia ya fue escrita; el futuro todavía no.
(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G. Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).
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